La conciencia social como punto de partida

Caminar es para algunos un pasatiempo bastante agradable, incluso una especie de deporte que los mantiene en forma y les da vigor para continuar con la rutinaria vida diaria, para otros es un momento más del día, un proceso infranqueable del bus hacia la casa, es el tránsito cansado en el que necesariamente se tienen que esquivar ancianos, ambulantes y mendigos, esto además de la inseguridad moderna de caminar por la ciudad.

Foto: Infancia Misionera

Caminar en Nueva York, en Bogotá o en Barcelona pueden resultar experiencias muy distintas, pensando en un primer momento en la novedad de las ciudades, en lo agradable de conocer un lugar con gran interés turístico y en la posibilidad de conocer e interactuar con un medio particularmente agradable. Caminar, acompañado, puede hacer de la experiencia mucho más que genial.

En estos días, en que el mundo vive un proceso de crisis financiera, en que los bancos quiebran, los empleos se pierden y mantener una estabilidad económica se hace cada vez más complicado; darle la espalda a la realidad y dedicarse únicamente a caminar sin darle más importancia que a respirar y dejarse llevar por los pasos sin rumbo, tomar conciencia por las cosas se hace más que una obligación, una opción estresante para complicarse la vida.



Caminar es un acto natural del hombre desde que olvidó su maquinaria de mono, desde esa primera vez que bajó de los árboles para coger los alimentos, para cazar y reinar luego, sin embargo en ese entonces, su caminar contaba con una atención poco discriminadora, todo era merecible de llamar la atención, todo lo consternaba y propiciaba su detener para una cavilación pausada, en tanto que hoy, esa especialización de la atención y la vista a llevado al hombre a preocuparse únicamente por aquello que lo afecta directamente, por aquello que puede ser considerado como una amenaza para su rutinario transitar.

Hoy, la indiferencia ha tomado a todos como una enredadera, una invisible maya que asfixia el interés por el resto tal como lo hace con los poros. Por eso caminar se hace una forma de relajarse, pese a que ese mismo camino implique ver a ancianos mendigos, a niños abandonados o a mujeres con brazos en niños pidiendo algunas monedas para alimentarse después de muchos días.

Es esta misma indiferencia la que nos hace olvidar que somos parte de una sociedad, que participamos e interactuamos y que precisamente de ello depende nuestra evolución y sobrevivencia como seres humanos.

Pese a fenómenos tan trascendentales como el llamado globalización, donde el mundo acorta distancias y la capacidad de interactuar y comerciar con países lejanos se hace simple, las sociedades han empezado a encerrarse en su propia burbuja para dejar de importarle el resto del mundo. Han empezado a perder la conciencia social.

Por eso, cada vez un asalto o un asesinato cobran menos importancia, porque se repite de manera más frecuente y la sorpresa que el hecho conlleva se ve reducida por la pérdida de ese factor denominado novedad. Por definición, aquel hecho o situación que acontece de manera inesperada y rompe con lo rutinario, genera en los individuos una sobrecarga emocional. Esta sobrecarga se va reduciendo cada vez que el hecho se repite con mayor continuidad.

Foto: Creer para ver

Así, una persona que por primera vez escucha de un asesinato, ve un robo, es testigo de un hecho de violencia o ve una escena de lástima, será afectada emocionalmente en un determinado nivel, cuyo efecto seguramente será una respuesta de indignación, tristeza, o temor que será trasladada  a una reacción activa.

Ver a un niño mal vestido y sucio que dice no haber comido y no tener donde vivir puede llevarnos a entregarle algunas monedas y incluso, a llevarlo a alguna institución de ayuda infantil, pero qué pasa si esta situación se repite con frecuencia y en cada esquina otro niño en similares condiciones aparece, pues sencillo, nuestra reacción cada vez se irá tornando pasiva y el nivel de indiferencia se hará cada vez más grande.

Por eso en la actualidad muchas personas al caminar por las calles se preocupan más por esquivar a estos individuos molestos que piden monedas o que afean su tranquilo caminar, lo que hacen es impedir el encuentro con aquello que los molesta, que los incomoda porque les muestran una realidad que, aunque no es compartida en su vida, es una reseña de lo que ocurre con una importante parte de su sociedad.

Quizá este proceso no sea pensado, sino más bien una forma natural de evitar aquello que no nos es agradable, una manera inconciente que nuestras estructuras mentales encuentran para aliviarnos de una carga emocional y evitarnos una situación reconocida como negativa.

Esta es una tendencia que se incrementa en los seres humanos, ante un mundo cada vez más superficial y que busca principalmente la competitividad mediante la personalización de satisfacciones, el individuo entra a una era en la que sólo importa aquello que le afecta directamente, mas no lo que se aleja de una influencia directa.

Entonces es difícil pedir a una sociedad que mira hacia adentro que se preocupe por urgencias sociales en el acto y mucho más difícil todavía esperar que se preocupe por temas que escapan al margen del primer plano, como el riesgo del deterioro de la capa de ozono o la extinción de los animales.

Si nos deja de importar y nos volvemos insensibles ante un niño que carece de una vida digna, si nos importa poco que cada vez haya mayores asaltos en las calles y si ante la alta violencia lo que hacemos es buscar protegernos con medidas de seguridad cada vez más sofisticadas en vez de buscar solucionar el problema desde la raíz, entonces difícilmente seremos capaces de cobrar conciencia ante la realidad social.

Foto: Tribuna Latina

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