Envidia, caridad, solidaridad

El ejercicio de la solidaridad en una sociedad es válido cuando sus miembros se reconocen unos a otros como personas. La caridad y la envidia responden a posturas asimétricas que nada tienen que ver ni con la ética ni con la equidad.

La Dra. Silvia Bleichmar plantea en su libro “Dolor país” que la envidia y la caridad son dos caras de la misma moneda. Suena raro, pero pensarlo de este modo puede ayudarnos a explorar cuál es la posición en la que nos ubicamos respecto de los demás en distintos momentos de nuestra vida.

La envidia se relaciona con lo demoníaco, con sentimientos bajos, con el mal deseo, en cambio la caridad y el sentimiento solidario parecen referir a lo mejor de nosotros. Sin embargo, una mirada más exhaustiva puede resultar diferente.

La conducta solidaria supone el reconocimiento del semejante que, habiendo sido objeto de una injusticia, nos despierta la intención de colaborar para restituir sus derechos. La solidaridad supone tomar en cuenta los intereses de todos, de aquellos a los que la suerte natural, biológica, circunstancial o social ha ubicado, desde el principio, en situaciones menos favorables. Va más allá del interés personal. Y nos involucra indefectiblemente, ya que la garantía de estar y permanecer en el lugar afortunado de “dador” solidario no existe. Cualquiera de nosotros puede pasar, de un momento a otro, a ser demandante necesario del apoyo de otras personas. Un simple accidente, por ejemplo, con consecuencias invalidantes en algún sentido, nos convierte en indefensos dependientes de golpe, deshaciendo de un plumazo la sensación de omnipotencia que tenemos cuando estamos bien, sanos, en equilibrio.

La caridad, en cambio, implica asimetría respecto del otro, y usufructo: se le da al que tiene menos, y “al que es menos”, “a los pobres”, a los desposeídos o a los infelices que han caído en desgracia. ¿Por qué supondría la necesidad de agradecimiento si en su ejercicio se señala la desnivelación subjetiva en la que queda colocado el beneficiario? Se debería en realidad pedir perdón por dar, por esa acción sombría de soberbia que implica tener de sobra cuando el otro nada tiene, y porque eso que damos no significa que nos quedemos sin nada, al contrario, lo que damos nos enriquece porque incremente nuestro valor moral, nos ubica en el lugar de salvadores imprescindibles, dignos de eterno agradecimiento (¡!); esa es la fantasía que subyace, a veces más, a veces menos conscientemente.

Por otro lado la envidia da cuenta de la sobrevaloración de la otra persona. La envidia recae sobre el otro en tanto poseedor de aquello que se considera un don, que le da un brillo del cual uno se supone carente. Eso que da valor a quien lo posee, eso que nos daría valor a nosotros si lo poseyéramos. Quien envidia siente que es nada, salvo que posea aquello que el otro tiene y a lo cual desea. ‘Si tengo “eso” seré él, tendré su lugar, seré mirado como lo miro, como le miran’. Así, la denigración que se ejerce cuando se descalifica a quien se envidia es sólo un intento de restitución del narcisismo propio. “En realidad él o ella no valen nada, y todo lo que tienen es basura y lo que obtuvieron no sirve para nada…”, así se da el ejercicio de la envidia que muestra el sentimiento de aniquilamiento de quien la padece. La envidia se establece sobre la base de una cierta convicción de simetría que conlleva una injusticia. La única manera de paliar la envidia radica en la convicción de una reparación de aquello que se considera injusto. El que envidia se siente igual que el envidiado. Razón por la que reclama ser resarcido por lo que le falta, con justo derecho.

Con la caridad me pongo por encima de… Con la envidia me pongo por debajo de… Si estas fueran las dos caras, la moneda seríamos cada uno de nosotros, y hablaría de cómo nos ubicamos a veces en relación a los demás. O estoy cómodamente ubicado como benefactor, admirado y reconocido por dar, por ofrecer, por ayudar a los que tanto necesitan, o estoy dramáticamente expuesto a la mala suerte de la injusta distribución que hizo que el otro, sin justa causa, tenga lo que tanto anhelo, aquello que determina lo que realmente soy (soy pues por lo que tengo, o por lo que no tengo).

Es importante considerar que el que demanda ayuda, sea por necesidades económicas, sociales o de salud, requiere la reafirmación o la restitución de la condición humana, con todos sus derechos (no de la cosa, como reclama el envidioso). He aquí la verdadera razón-guía de la acción solidaria a la que suele propender el llamado Tercer Sector. Desde otro lugar, no nos engañemos, estamos haciendo otra cosa.

No es justa la dádiva y la caridad cuando no se considera la equidad natural de los integrantes de la raza humana. Y esto conlleva a evaluar que, una vez suplida la necesidad básica, la carencia urgente, o la invalidez o indefensión en sus distintos grados, sea la educación, la enseñanza y/o la facilitación de los instrumentos necesarios para la autonomía los objetivos siguientes de la ayuda que llamamos solidaria. La acción caritativa conlleva a la dependencia o a la satisfacción transitoria de necesidades que se prolongan y se propagan en el tiempo, no dan solución, son sólo paliativos.

Muchas veces las personas creemos hacer algo bueno por los demás cuando en realidad estamos satisfaciendo necesidades propias, tratando de resarcir culpas o de alimentar falsos orgullos que nos otorguen prestigio de buena gente.

Otras veces, creemos sentirnos bien cuando ayudamos a alguien en apuros. Satisfacción porque el otro se alivia, o es contenido, o se acompaña, o satisface alguna necesidad. En realidad, nos sentimos bien por no estar en ese lugar de necesidad o indefensión, por no estar pasando por lo que el otro, pobre, tiene que pasar!! ¿Esta es la verdadera razón por la que nos sentimos bien? Seamos honestos. ¿Asusta tanto egoísmo?? Pues que no cunda el pánico. Es simplemente así, es nuestra naturaleza, la naturaleza humana.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...