Finanzas éticas

Entre el beneficio puro y duro empresarial y la solidaridad de las ONG hay un punto intermedio de economía responsable

Cuando hablamos de proyectos sobre finanzas éticas y por qué vale la pena sumarse a la tendencia, las dudas y preguntas que surgen son múltiples, muchas de ellas recurrentes. Las preguntas clásicas son sobre las diferencias con las obras sociales de las cajas, sobre la seguridad del dinero, sobre la capacidad de acción de las finanzas éticas, sobre la remuneración al capital, sus servicios, su transparencia, etc. Últimamente, además, ha aparecido una nueva pregunta hacia los límites en la política de inversión de la banca ética.

Otras finanzas son posibles para todos

Entre las finanzas tradicionales y las finanzas éticas existen muchas diferencias significativas. Sobre todo en cuanto a la transparencia, la participación, la política de tipos de interés, el cobro de comisiones, la coherencia de valores personales y financieros, conocer el destino de tu dinero, etc. Pero la gran diferencia radica en la política de inversión que sigue una entidad financiera ética.

Para ser breve, hay que entender que la política de inversión de las finanzas éticas se enmarca en dos esferas. Por un lado la exclusión de sectores de inversión que éticamente consideramos reprobables y que llamamos criterios negativos. Serían sectores tales como inversiones en armamento, en explotación laboral, en destrucción del medio ambiente, energía nuclear, productos financieros especulativos, etc.

Pero las entidades financieras éticas quieren ir más allá y, a través de los criterios que llamamos positivos, incluyen en el destino de sus inversiones aquellos proyectos que generan un impacto social positivo y que fomentan una mejora y una transformación de la sociedad hacia realidades más justas y más humanas. Serían sectores tales como proyectos de inserción laboral, de producción de productos alimenticios ecológicos, proyectos de inserción social, proyectos educativos, políticas de protección del medio ambiente, proyectos económicos cooperativos, comunitarios y democráticos, comercio justo, etc.

Por tanto, vemos que aquellas actividades productivas que se sitúan en medio de estas dos esferas no están siendo financiadas por la banca ética. Esa actividad productiva que simplemente quiere sacar adelante una idea de negocio. La duda que salta ahora es si debería financiar la banca ética estos proyectos. Este es hoy un debate abierto que acabará con lo que decidan sus socios.

Los motivos para poner en marcha esta reflexión colectiva en el mundo de las finanzas éticas no es gratuita ni responde a una voluntad manifiesta de la banca ética de expandirse. En un hipotético escenario de futuro (sistema financiero ideal) podrían convivir unas entidades que financiaran actividades productivas y unas entidades financieras éticas que pusieran el acento en aquellos criterios positivos antes mencionados. Las primeras podrían ser una realidad que nos recordaría a las cajas en su origen. Cuando nacieron las cajas, no tenían una política de inversión concreta como la tiene la banca ética, y se dedicaban a recoger el ahorro popular y canalizarlo hacia las necesidades de financiación de la economía local y productiva y de las personas. Y además, parte del beneficio revertía en la sociedad en forma de obra social. Este es un modelo no criticable.

Foto: Jo@net

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