“Es la deuda privada, estúpido”

A tres años del estallido de Lehman Brothers la economía mundial vuelve a calentarse. Los rescates financieros iniciados por los Estados no lograron apaciguar la situación de inseguridad financiera, ahogada por la falta de liquidiez y por la deuda privada.

“Es la economía, estúpido”, es el lema que corría por el gabinete electoral de Bill Clinton en 1992. La frase, acuñada por uno de sus más estrechos colaboradores, se convirtió en uno de los eslóganes más recurrentes. Casi veinte años después, la preocupación por el ajuste de las cuentas de resultados se ha convertido en una obsesión enfermiza en Occidente, y las alarmas de recesión se suceden a un lado y otro del Atlántico, mientras la incertidumbre se apodera de los mercados no se sabe si como causa o consecuencia de lo primero.

Han pasado ya tres años de la explosión del fantasma de Lehman Brothers, y poco o nada se ha avanzado para dotar al sistema financiero de estrategias y corazas para protegerlo de una reacción en cadena. Al contrario, el advenimiento de las sucesiones en progresión geométrica ha insuflado todavía más la incertidumbre y el miedo a unos mercados ya de por sí tocados en plena línea de flotación. Tanto el FMI como las agencias de calificación no cesan de encender las alarmas sobre la recesión inminente, y todo el mundo ya da por hecho, aunque sin preguntarse por qué ni cómo, que el futuro a corto plazo va a ser todavía más negro, pero hasta ahora nadie ha sido capaz de poner cara y ojos al verdadero problema que nos acecha: la deuda privada.

Sede de Lehman Brothers, epicentro de la crisis de 2008

Ha sido el FMI el que ha vuelto a poner el grito en el cielo: la economía global se pone de nuevo al rojo vivo por culpa de los bancos. El grito de guerra podría ser ahora “Es la deuda privada, estúpido». Las entidades acumulan una deuda inasumible que acarreará pérdidas por valor de 300.000 millones. Mientras tanto, en nuestro país salían a la luz las opacas cuentas de CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo), según las cuales más de la mitad del valor inmobiliario pertenece a morosos. Y ante tanto alboroto, los ministros de la Unión Europea han decidido exigir a los bancos que refuercen su capital para resistir la crisis de la deuda.

Todo ello a tres  años exactos del rescate financiero de 700 mil millones de dólares inyectados directamente desde el Tesoro estadounidense para apagar el fuego provocado por los mismos ‘activos basura’ que habían provocado la caída de Lehman Brothers. En España, el Gobierno se dejó el equivalente al 14,3 por ciento de su riqueza en rescatar a los bancos, mientras que la cifra en otros países de la Unión el porcentaje rondaba el 19 por ciento. Posteriormente vinieron los llamados ‘test de estrés’, medidas dirigidas a calibrar el saneamiento de las entidades financieras con un claro objetivo: propiciar el crédito.

Pero el crédito nunca llegó. Los bancos utilizaban los remanentes de los Estados bien para tapar agujeros, bien para comprar deuda pública a mayor interés a los mismos gobiernos que les habían rescatado. La consecuencia a largo plazo ha sido un aumento de los tipos interés interbancarios (los fijados por las entidades para prestarse dinero mutuamente) que ha agravado todavía más la falta de liquidez. Ahora las instituciones económicas europeas se ven ante una difícil encrucijada: atar corto a las entidades financieras para que saneen su deuda privada o dotarlas de más liquidez a tipos bajos para que activen la economía. Ambas medidas acarrearán un alto coste.

Foto:  David Shankbone, en Wikimedia Commons

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