Tailandia o la dificultad de armonizar políticas exclusivas con una economía sólida

El ejemplo tailandés demuestra una vez más que las dictaduras son incapaces de conseguir el pleno desarrollo económico y el bienestar generalizado para sus ciudadanos.

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En el que es ya uno de los mejores libros de economía publicados en lo que llevamos de s. XXI, Por qué fracasan los países, Acemuglu y Robinson defienden como principal tesis de la obra que es imposible conciliar un desarrollo económico pleno sin un marco igualmente sólido de libertades políticas y civiles. De este modo, proyectos fracasados como la China de la primera década de Mao o la URSS en su totalidad se explican por la ausencia de políticas inclusivas.

Lamentablemente, la lacra del autoritarismo sigue muy presente en el orbe con la única y reveladora excepción de Occidente. Junto con los regímenes de inspiración islámica, las más que dudosas garantías democráticas de varios países sudamericanos (Venezuela detuvo el pasado sábado al alcalde opositor de Caracas por supuestas conspiraciones contra el Gobierno de Maduro) o las dictaduras a cara descubierta de Cuba y Corea del Norte, Tailandia es uno de los ejemplos más claros de la tesis de los citados académicos norteamericanos. Ahora, el gobierno militar del país parece haber reparado en ello.

El golpe de Estado de 2014 acabó con el parlamentarismo y la democracia liberal, sistema que, dicho sea de paso, presentaba una inquietante decadencia en los últimos años. Rápidamente, las nuevas autoridades restringieron considerablemente las libertades civiles, acabaron con los mecanismos de expresión y participación habituales en cualquier democracia y concentraron toda la toma de decisiones en un mando único. El resultado económico de estas medidas difícilmente habría podido ser peor para el país: pobres tasas de crecimiento (0,8% frente al 3,1% previsto) y retroceso notable de las inversiones.

Esta es precisamente la consecuencia más habitual cuando un gobierno desdeña la importancia de la iniciativa individual. Los inversores extranjeros tienen muchas reservas a la hora de depositar capitales en el país, los ciudadanos locales pierden autonomía y capacidad para crear empresas y el sector público se hipertrofia con funciones excesivas y una burocracia sobredimensionada. Este modelo se ha repetido con precisión milimétrica a lo largo de la historia y Tailandia nos lo recuerda.

Vía: El País

Foto: Kurious

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