Golpe de autoridad de Valls para sanear Francia

El primer ministro fuerza la dimisión de su Gobierno para expulsar a los miembros más críticos con su programa de ajustes y consolidación fiscal.

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La victoria electoral de François Hollande en Francia se interpretó como el nacimiento de un contrapeso socialdemócrata a la austeridad defendida por Angela Merkel desde Alemania. El paso del tiempo, y el fuerte estancamiento de la economía francesa, se encargaría de demostrar que las recetas expansivas del presidente galo distaban mucho de reactivar la economía de su país. De ahí que a comienzos de 2014 encargara al entonces ministro de Interior Manuel Valls la formación de un gobierno que acometiera los ajustes necesarios.

El primer capítulo de esta aventura ha durado apenas cinco meses, que han bastado para aflorar las reticencias de los miembros menos liberales del Ejecutivo. No en vano, el duro plan de choque impulsado por Valls al poco de convertirse en primer ministro incluía un ajuste del gasto por valor de 50.000 millones de euros durante los próximos tres años. Ello provocó que los sectores más izquierdistas del Partido Socialista se revolvieran contra el jefe del Gobierno. En aras de formar un equipo comprometido, Valls ha forzado una crisis gubernamental.

A falta de conocer los nombres de los nuevos responsables de las carteras ministeriales, se da por sentado la salida de Arnaud Montebourg, ministro de Economía y uno de los más firmes detractores del primer ministro. El titular de Educación, Benoît Hamon, también se ha manifestado en más de una ocasión en contra de las políticas de austeridad. Ante esta férrea oposición interna y con una popularidad que sigue a la baja (en agosto se situó en el 36%), Valls ha preferido cortar por lo sano.

Uno de los objetivos declarados del primer ministro es conseguir que la economía gala mejore en competitividad, una carencia histórica de Francia que sin embargo debe corregirse para tener opciones serias de remontar la crisis. A juicio de Valls, no tiene sentido que países como España o Alemania sean muy competitivos por diferentes vías y que la segunda economía de la zona euro se quede rezagada. El espectacular gasto público (equivalente casi al 60% del PIB) tampoco puede mantenerse en esos niveles.

Vía: Cinco Días

Foto: Fondapol

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