El mundo desarrollado se adentra en terreno desconocido sin un rumbo claro

Los bancos centrales piden a los gobiernos que respalden sus políticas monetarias con incentivos fiscales y generen más confianza para que el sector privado invierta.

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Hace algunas semanas, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, aseguró que los bancos centrales estaban explorando territorios desconocidos a cuenta de la situación económica global. Un vistazo rápido a las principales áreas económicas nos muestra una serie de problemas que cuentan con escasos precedentes y que, precisamente por ello, resultan difíciles de abordar con firmeza. Bajo crecimiento económico, bajos niveles de inflación (o incluso datos negativos) e índices de desempleo consistentemente elevados en determinados países han creado una coyuntura mundial profundamente desconcertante.

La expresión del banquero central italiano no podría ser más ilustrativa de las sensaciones que transmite la economía global. Los bancos centrales parecen haber llegado al límite de sus políticas de estímulos monetarios -teniendo presente que, teóricamente, no existe límite alguno en la cantidad de dinero que pueden imprimir- y piden a los gobiernos que actúen. Draghi ha sido particularmente insistente en este sentido. Atenazado por las fuertes compras de bonos del BCE y su escaso resultado a efectos de incentivar la inversión privada, el banquero central pide políticas fiscales más laxas.

Draghi entiende que ellos, los bancos centrales, han puesto en circulación ingentes cantidades de dinero. Para que los consumidores e inversores se sientan tentados de utilizar ese dinero para mover la economía, los gobiernos deben crear las condiciones apropiadas. Ello implicaría diferentes medidas que los propios ejecutivos no tienen claras. En primer lugar, los incentivos fiscales a la inversión deben armonizarse en las grandes áreas económicas, caso de la zona euro. Segundo, los rendimientos de las inversiones no deberían ser objeto de sablazos fiscales. Tercero, hay que dejar de penalizar el ahorro.

Este último aspecto es bastante difícil de abordar porque se supone que es un problema que parece retroalimentarse. Si la población ahorra es por falta de confianza o por temor a quedarse sin dinero. Si se pone más dinero en circulación y se alienta la inversión, el temor social puede incrementarse por darse la sensación de que las cosas no marchan como deberían. La difícil clave es incentivar sin alarmar. Ahí es nada.

Vía: Expansión.

Foto: economía vía Shutterstock

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