Sistemas abiertos y cerrados, eterno debate

Dicen que la historia es cíclica y que por tanto, reproduce los mismos esquemas y las mismas luchas aunque con nuevos actores al cabo de un cierto tiempo.  Es materia de debate y sin duda dependerá de la interpretación personal de la realidad de cada persona. Sin embargo en el caso de la historia de la informática, bien podemos decir que el paradigma se ha cumplido a rajatabla. Cambian los antagonistas pero se mantiene el debate de fondo. Así, entre finales de los 80 y principios de los 90, el debate por antonomasia radicaba en si era mejor el entorno Apple, es decir, la resplandeciente aunque no siempre brillante burbuja Mac, o las mil y una posibilidades de hardware que permitía el entorno Windows.

Android vs iOS

Por su naturaleza abierta, Android tiene el camino allanado para liderar el mercado.

Hoy el debate se ha modernizado y en su evolución se ha encarnado en un nuevo dispositivo; las tabletas y esencialmente los smartphones, pero en el fondo la realidad que subyace es exactamente la misma. Sistemas herméticamente cerrados o sistemas abiertos: esa es la cuestión, como diría la versión geek de Hamlet si tal cosa existiera. Dos concepciones, dos filosofías, dos maneras de entender la informática -y casi me atrevería a decir que el mundo- completamente opuestas e incompatibles entre sí. Apple siempre fue el gran adalid de la primera, contra viento y marea aunque no siempre la llevara a buen puerto, mientras que al otro extremo de la balanza estuvo primero Microsoft y ahora principalmente Google, por nombrar sólo a las más importantes, porque junto con ellas están casi todas.

La razón de la tozudez de Apple a la hora de apostar por sistemas completamente cerrados sólo se entiende por la tozudez misma de su fundador, comandante en jefe y gurú, el recientemente fallecido Steve Jobs. Testarudo y visionario a partes iguales, Jobs se veía a sí mismo como un artista, y por ende concebía las máquinas que fabricaba como una obra de arte en su conjunto, de las cuales formaban parte tanto hardware como software. Dos elementos de cuya interacción perfecta dependía en gran parte lo que dieron en llamar ‘experiencia de usuario’. Jobs se propuso controlar completamente dicha sensación para ofrecer al usuario dispositivos que funcionaran casi a la perfección y con los que éste pudiese establecer una conexión emocional.

Aunque evidentemente esto le costó a Apple una travesía por el desierto que duró décadas -el tiempo en que Windows consolidó un liderazgo tan abrumador en el mercado de los ordenadores personales que llegó a ser investigada por prácticas monopolísticas en varias ocasiones-, a la vuelta de Jobs de su destierro forzoso en 1997, éste no sólo consiguió sacar a la empresa de su declive más absoluto, sino dar cabida en el mercado a una concepción que a penas nadie entendía. Baste decir que consiguió su propósito, y además logró forjar una empresa que el pasado año se convirtió en la más valiosa del mundo por valor de cotización. Pero además confirió a Apple una cultura de empresa que es toda una filosofía de vida para sus millones de seguidores en todo el mundo. De hecho, es casi la única empresa que ha logrado tener fans sin ser un club de fútbol.

Gran parte de la magia está, como decía, en esa concepción cerrada que va desde el sistema hasta el más mínimo detalle del diseño de producto. Los productos de Apple son bonitos como pocos, simples, fáciles de utilizar y generalmente funcionan como un reloj suizo. Que levante la mano aquel a quien no se le ha ‘colgado’ nunca su móvil con Android -que manda narices que se cuelgue un móvil, pero en fin, cosas de la era moderna-. Sin embargo, el sistema cerradísimo de Apple, iOS, es rápido, bonito, sencillo, eficiente y… terriblemente aburrido. Y es que este es el principal problema de esta filosofía: la jaula que la envuelve.

En definitiva, una arma de doble filo; la naturaleza controladora de la manzana nos aporta un funcionamiento óptimo, pero al mismo tiempo nos aplica una censura, un cedazo Apple por el cual todo debe pasar antes de llegar a nosotros, como una suerte de Gran Hermano que decide cuál es el bien y cuál es el mal por nosotros (algo que viniendo de quien viene no deja de ser paradójico). Ya sea una aplicación o un menú personalizado, con Apple nuestra libertad de elegir se reduce a escoger entre lo ya elegido por la compañía. El resultado es un sistema tan simple que comparado con Android parece absolutamente infantil, como si estuviera hecho expresamente para niños. De manera que el usuario que alberga más inquietudes a nivel informático que la media  no puede evitar esa extraña sensación de frustración, de que le falta algo.

Y luego está la parte lógica del asunto: el modelo de sistema cerrado no puede más que aspirar a una cuota respetable dentro de lo minoritario, por cuanto parte por definición de una concepción absolutista y por tanto su extensión mayoritaria implicaría de hecho el monopolio. Es decir, que la filosofía Apple es tan ególatra, por decirlo de alguna manera, que no deja al resto de opciones sacar tajada. Un sistema abierto seguramente tiene muchos inconvenientes; no está tan bien integrado, puede tener más fallos, está sujeto a variaciones más drásticas, cambia de terminal en terminal y quizás de vez en cuando se cuelga -algo que, personalmente, me lleva a los demonios-. Pero a la vez estimula la competitividad entre muchas empresas fabricantes de hardware y permite que todas ellas hagan negocio sobre unos mismos estándares, algo que no ocurre con iOS.

Android lo tenía muy fácil para sobrepasar a su rival en cuota de mercado -cosa que sucedió el pasado año- y a la larga, por su propia naturaleza abierta, tiene el camino allanado para mantener el liderazgo mundial por mucho tiempo, del mismo modo que ya sucediera en su día con Mac y Windows. Por supuesto, Apple seguirá siendo en todo este tiempo la punta de lanza de la industria en muchos campos y seguirá creando escuela gracias a su constante innovación y su concepción del producto como obra de arte. Pero ya se sabe que en ese mundillo quien no corre vuela, de manera que no se sorprendan en Cupertino si a cada hijo suyo le aparecen tres hermanastras feas. Es ley de vida. Ambos modelos son igualmente válidos, igualmente útiles (o inútiles), y como demuestra la historia, están destinados a repetirse y a complementarse mútuamente. Per secula seculorum.

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