La historia del Sparrow que no tenía push

Tengo un amigo, de los de toda la vida, que hace unos años emprendió un camino tortuoso, el cual yo sabía que lo conducía ineludiblemente al lado oscuro. Al de la manzana, concretamente. Después de su primera adquisición a la compañía frutícola (un iPod bastante resultón) llegó la avalancha de cachibaches made in Steve: primero el Mac, luego apareció con un iPhone y, hace no tanto sacó de su bandolera el iPad, con el que había desterrado cualquier ordenador portátil de su vida, me confesó.

Mi amigo, del cual no revelaré la identidad, me aseguraba que no lo hacía por ninguna clase de oscuro sectarismo, que él no acariciaba la manzana como Golum su anillo único, sino que era por pura necesidad, pues él, en los años en que yo estudiaba en la Universidad, se ha convertido en un tipo de negocios, con cargo responsable en una empresa y claro, no hay empresario (emprendedor, me rectifica siempre) que se precie que pueda administrar sus múltiples negocios, coordinar a su grupo y situarse a la vanguardia en el arte del liderazgo de equipos sin una pequeña ayudita del ya difunto Jobs. ¡Eso es dopaje tecnológico! Le espeté. Él me jura que no, que es solo una pequeña contribución a sus ya demostradas cualidades.

Lo cierto es que últimamente su adicción a la fruta prohibida ha ido a peor. El otro día apareció en mi casa cabizbajo, gris, taciturno. Su problema era serio: su Sparrow, el gestor de correo de su iPhone, era un fiasco. No un fiasco total, intentaba autoconvencerse, como temiendo blasfemar contra su aplicación, pero es que… no llevaba push. Siéntate y cuéntame la historia desde el principio, amigo mío, le dije. Y me contó, al borde del sollozo. Resulta que Sparrow es un gestor de correo super eficiente, que ha causado furor entre los usuarios de Mac, que ofrece unas ventajas incalculables para quienes tienen que gestionar gran cantidad de correo, como cualquier empresario (emprendedor, lo que sea) que se precie.

Sparrow, después de convertirse en un nuevo tótem para quienes poseen un Mac, dio el salto al dispositivo móvil. ¡Caray! Mi amigo estaba exultante el día que se la descargó, me dijo. Por 2’49 míseros euros iba a obtener la herramienta definitiva en gestión de correo. La descargó y empezó a toquetearla sin descanso, hasta llegar a las entrañas de su nueva app. Su relato entonces era colorido: que si la pantalla era comodísima, que si de un vistazo podías ver toda tu bandeja de entrada, que si… ¡Ojo! ¡Llegó a conectar el bendito Sparrow a su avatar de Facebook! El milagro de la integración.

Pero entonces su narración se tiñó de un tono lúgubre. ¡Ay! Pero no tiene push… Culminó, con un suspiro de desasosiego. El maldito Sparrow no era capaz de avisarle al instante cuando le enviaban un e-mail. ¡No suena, no pita, no silba, no… nada! Y así, claro, no puede llegar a ser el prohombre vanguardista que pretende ser. Sin que su móvil esté tronando cada dos minutos para notificarle que tal o cuál proveedor le confirman el envío del producto, o que el director comercial ha alcanzado un nuevo acuerdo; sin su macrorrealidad instantánea, es un pobre hombre.

Traté de animarle. Nos sentamos un rato a buscar las posibles causas de tamaño disparate. Después de indagar llegamos a la conclusió que los desarrolladores de Sparrow sí que habían introducido el push, pero la Apple Store no se lo acpetaba. Estos, encolerizados, culpaban a la todopoderosa compañía por el desagravio e incitaban a los usuarios de iPhone a reclamar sus derechos. Mi colega, al instante, comprendió cuál debía ser su actitud. Al instante, su pesar se transformó en un cabreo profundo, que le impulsó a entrar en foros para despotricar contra quienes han propiciado la barbarie. No reniega de su identidad, no dejará de ser un mac-ero, dice, solo quiere que el mundo de los usuarios de iPhone sea un poco más justo. Ahora es un indignado.

Fuente | Alt1040

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