Una de chips

Si volvemos un poco la vista atrás, recordaremos quizás con cierta nostalgia los años de máxima competitividad en el mundo del hardware. Eran años en que lo más importante era si tu pc -al que se daba por descontado que era un clónico con Windows- equipaba un procesador Intel o un AMD, y si montaba una buena placa o una del montón, aunque sin duda la verdadera competición por ver quien la tenía más grande tenía lugar en el ámbito de las tarjetas gráficas. Había una inmensa multitud de fabricantes, y como ocurría con el procesador gráfico o GPU, sólo dos opciones: o Nvidia, o ATI.

Cortex-M0+

El nuevo procesador de ARM proporcionará un gran rendimiento con un consumo increíble..


Fueron años de guerra sin cuartel y se libraba en términos muy fácilmente cuantificables; el más rápido y el que más memoria tenía siempre era el mejor, ya fueras un procesador o una gráfica. La carrera era trepidante y los abnegados usuarios contemplaban con impotencia cómo sus flamantes máquinas del futuro quedaban relegadas a antiguallas tecnológicas tan sólo un año después de comprarlas.  Todo valía con tal de ser el primero.

Pero las leyes de la física no engañan y son iguales para todos; más potencia siempre significa más consumo -algo que no importaba demasiado al tratarse de pecés de sobremesa- pero también significaba más energía generada en forma de calor, lo que finalmente se acabó convirtiendo en una pesadilla para los fabricantes al quedar completamente tostados procesadores que tenían pocas semanas. Por ejemplo, mi último ordenador de torre, un flamante Pentium 4 a 2,8 GHz, me hacía las veces de estufa durante el invierno; en verano directamente se colapsaba y había que ponerle un ventilador cerca para  hacerlo andar.

Como tantos otros, acabó fundiéndose en poco más de dos años. Durante ese tiempo, tanto en Intel como en AMD ya se exprimían el cerebro para solucionar el problema. El primero apostó por la tecnología Hyper Threading, que consistía en simular dos núcleos virtuales en el procesador, con lo que se mejoraba el rendimiento de éste con un incremento mínimo en el consumo, pero seguían teniendo el problema del sobrecalentamiento. En AMD fueron más pragmáticos y optaron por fabricar un procesador que integrara dos núcleos reales, con una arquitectura de 64 bits, lo que marcaría el camino a seguir en la industria y acabaría con la guerra por la velocidad pura.

Los procesadores multinúcleo eran mucho más eficientes y se calentaban mucho menos que sus predecesores, aunque en términos comerciales resultó difícil transmitir esa idea y justificar la ‘bajada’ de velocidad en términos absolutos. Aun así, Intel no tuvo más remedio que subirse al carro, con sus Core Duo y luego Core 2 Duo, que integrarían hasta cuatro núcleos en un sólo chip. Pero todo volvió a cambiar con la llegada de los dispositivos táctiles. Por más que los procesadores multinúcleo sean mucho más eficientes en cuanto a consumo, no dejan de ser chips pensados para trabajar con ordenadores de sobremesa. Y no hay batería en el mundo capaz de aguantar un Core 2 trabajando en un terminal pensado para caber en la palma de la mano.

Por eso los fabricantes tuvieron que optar por otro tipo de procesador, concretamente por uno de arquitectura RISC, desarrollado principalmente por la empresa británica ARM. RISC es una arquitectura de 32 bits y significa aproximadamente ‘Computación de juego de instrucciones reducidas’, y es el resultado de la idea de que la mayoría de las características incluidas en las CPU tradicionales para aumentar su velocidad son ignoradas por los programas que corren, por lo que simplificando el procesador al derivar muchas funciones a otros componentes y limitando el número de accesos a la memoria se consiguen chips más eficientes y sencillos a un coste bajo.

Este concepto es especialmente útil a la hora de aplicarlo a teléfonos móviles y tabletas. Esta es la razón por la cual hoy en día la práctica totalidad de los dispositivos móviles que se comercializan están basados en esta tecnología. Pero aunque ha mejorado increíblemente, el problema del consumo energético sigue siendo clave en la industria de los smartphones, ya que aún no se ha dado con una batería de dimensiones reducidas capaz de suministrar la autonomía que teníamos con los móviles tradicionales. Así, de un tiempo a esta parte, no tener que cargar el móvil una e incluso dos veces al día se ha convertido en casi una utopía; un espejismo que sin embargo puede hacerse realidad de un día para otro.

Y es que ARM acaba de presentar el que será el procesador más eficiente del mundo, el Cortex-M0+, que consumirá tan sólo 9µA/MHz. Para hacernos una idea, tan sólo un procesador de 8 bits consume tres veces más que esto. Imaginemos pues el potencial que tendría una CPU de 32 bits de gran rendimiento y con un consumo irrisorio. Se lo voy a poner fácil. La capacidad de mi Samsung Galaxy S+ es de 1650 mAh, una medida bastante extendida. Multiplicando la potencia del procesador de mi teléfono, que es de 1,4 GHz, por el consumo, obtengo un total de 12,6 mA. Al dividir la capacidad total de la batería por el consumo, me da la friolera de 130 horas de autonomía, o lo que es lo mismo, más de 5 días de batería (suponemos que en reposo).

Así pues, un teléfono que integrara el nuevo procesador de ARM conservaría su carga durante tanto tiempo como lo hacían los móviles tradicionales. Pero con todas las capacidades que ahora tienen, lo que sin duda supone un avance increíble para la industria. Además, abre todo un mundo de posibilidades, ya que permite introducir baterías mucho más pequeñas manteniendo los actuales parámetros de autonomía o incluso un poco mayores, y aún deja espacio libre para integrar quién sabe qué nuevos componentes.

De momento, la empresa británica ya ha firmado acuerdos de fabricación, explotación y distribución con Freescale Semiconductor y NXP Semiconductors, que serán los primeros en comercializar el que ARM ha afirmado que será un procesador destinado a implementar dispositivos orientados hacia el ‘Internet de las cosas’, es decir, la conexión a la red de todo tipo de aparatos que forman parte de nuestra vida cotidiana. Bienvenido sea pues.

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