Orgullo y prejuicio entre la UE y los EEUU

El espionaje norteamericano a gobiernos y ciudadanos de la UE empaña las negociaciones sobre el tratado de libre comercio.

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No está nada bien que un aliado desconfíe de otro. Máxime cuando dicha alianza posee tantos intereses conjuntos como para protegerla a toda costa. Las revelaciones del espionaje que los servicios de inteligencia norteamericanos han realizado a determinados gobiernos de la Unión Europea y a este propio organismo no es desde luego una noticia menor. El viejo orgullo europeo no contempla la posibilidad de ver violada su privacidad ni en aras de objetivos mayores, por lo que el Parlamento Europeo aprobó ayer una contundente declaración de condena con el apoyo de casi todos los grupos políticos. Los Estados Unidos ya han pedido disculpas. Eso sí, lo han hecho a su manera.

El asunto resulta todavía más peliagudo cuando se entra en la esfera de lo privado, que supuestamente es lo que ha ocurrido con el espionaje sistemático a ciudadanos de la UE a través del programa PRISM. Un protocolo que permitía a los servicios de inteligencia estadounidenses intervenir determinados perfiles de las principales redes sociales (caso de Facebook) y buscadores de Internet (como Google).

Ocurre sin embargo que la UE y los EEUU tienen entre manos el que podría ser el acuerdo que diseñe el comercio mundial del próximo siglo. Una negociación que exige altura de miras y compromiso absoluto entre ambas partes. Lo que está en juego es la cohesión de una zona geográfica que supone el 47% del PIB mundial y que supondría un incremento adicional del PIB europeo del 0,5%.

Por ello, norteamericanos y europeos están condenados a entenderse. Los ciudadanos no entenderían lo contrario. Anualmente, los EEUU exportan 298.500 millones de euros a sus colegas europeos, que son además sus mayores clientes. Frente a esto, los países comunitarios exportan 371.500 millones de euros al año al gigante norteamericano, lo que arroja una balanza comercial muy beneficiosa para la UE (73.000 millones de euros). Ahora, los negociadores deberán sortear el contratiempo del espionaje y volver a convencer a países como Francia, que nunca ha acabado de ver claro el acuerdo. No es hora de revanchas sino de pactos.

Fuente: Expansión

Foto: Gage Skidmore

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