La fiebre de la manzana

Si hace unos días despachaba a gusto contra la última versión del sistema de Apple, este sábado pasado observaba horrorizado y al borde de la náusea el vídeo de la inauguración de la nueva Apple Store de Valencia, la primera de España que no está dentro de un centro comercial y toda la pesca, de sobra se ha hablado en la red sobre el tema.

apple store tokyo

Apple Store de Tokyo. Algunas tiendas de la manzana son auténticos templos para sus devotos.

El video en cuestión, a parte de mostrar la larga cola de friquis que esperaron durante horas -algunos para comprarse una triste funda de iPhone estando al lado de El Corte Inglés (fenómeno que merece un libro aparte)-, era de un rancio que echaba para atrás, con la ingente masa de empleados enfundados en sus camisetas rojas en la puerta haciendo la ola a los clientes y cantando: «yo soy de Colón, de Colón, de Colón«. Si les hubieran entregado un bocata de chorizo a cada uno no hubiera quedado más rústico.

Desde luego, en el hipotético caso de que alguien como yo hubiera estado allí, se habría largado nada más ver el circo, como el 90% de los que hasta ahora habían sido el perfil de cliente potencial de Apple, ya se sabe; gente con cierto gusto por la exclusividad, cierto poder adquisitivo y ningunas ganas de grandilocuencias barrocas de esa guisa. Todo lo contrario, la imagen de Apple siempre había ido ligada precisamente a ese minimalismo militante, a la doble función de sus productos: ser útiles y ser bonitos. Pero Apple se está convirtiendo cada vez más en un producto de masas, y es probable que estas sean las primeras consecuencias de un cambio de orientación empresarial forzado por el éxito.

Si tomamos la perspectiva de la historia de la propia empresa es posible que el antes y el después lo marque, como siempre se ha dicho, la vuelta de Steve Jobs en 1997. Pero si tomamos su popularidad como punto de referencia, entonces hay un punto de inflexión en este sentido clarísimo, que no es el lanzamiento del iPod, aunque sin duda fue un claro escalón en el ascenso, y ni siquiera el lanzamiento del iPad, que ya venía a ampliar un concepto creado con anterioridad.

El lanzamiento del iPhone en 2007 fue el auténtico revulsivo. Lo que hizo a los de Cupertino pasar de ser esa mítica empresa de los inicios de la informática, o más tarde el ah sí, esos ordenadores raros de la manzanita que algunos tienen, a convertirse en un objeto de culto de grandes masas, puesto que el culto a Apple entre sus usuarios habituales ha sido una constante en su historia. Se convirtió en la manzana del paraíso, nunca mejor dicho.

Yo mismo lo viví en primera persona: cuando empecé la carrera en 2006, se empezaba a poner de moda ir a clase con el portátil para tomar apuntes, ya que estábamos inmersos en plena era de la bajada de precios que llenó los hogares de estos aparatos. Por entonces, el invitado de un profesor a una clase trajo su flamante Mac, y a la vez que trataba el tema que vino a exponer nos hablaba maravillas de la manzanita. Que si todos las redacciones periodísticas lo tenían, que si servía para todo, que si era muy cómodo y sencillo. No me convenció del todo pero cuando unos meses más tarde decidí comprarme un portátil lo tuve en cuenta.

Me informé, lo vi, me gustó y decidí comprarme un MacBook Pro de 15, que por entonces costaban un riñón, aun con el reparo de no adaptarme bien al cambio, de que finalmente no estuviera conforme, en fin, de que me estaba comprando una cosa rara. Rara porque en efecto lo era. Apple aún era un submundo, algo prácticamente underground, la gente aún te preguntaba qué era eso del Mac y qué diferencia había. Dos años más tarde llegaba el iPhone a España y empezaba el fenómeno actual; la fiebre que primero fue del iPhone, luego del iPad, y finalmente de cualquier cosa que tenga que ver con el tótem de la manzanita.

En la actualidad Apple no necesita hacer publicidad, ni mucho menos pagarla, puesto que ha conseguido ser objeto de interés periodístico constante. El iPhone sirvió para democratizar su consumo masivo, tanto del codiciado teléfono como de rebote cualquier producto que lleve su logo, aunque muchas veces sea el lobo menos fiero de lo que lo pintan.

No importa. Cuando consigues que tu empresa deje de serlo a los ojos de los consumidores para convertirse en una afición, una pasión, o lo que sea, da igual si vendes humo en lata; serán tus propios clientes los que se encarguen de justificar los defectos. Es un fenómeno muy similar a lo que ocurre con la afición a los clubes de futbol que, no lo olvidemos, son empresas privadas en su inmensa mayoría. Este grado de identificación con la marca es de hecho lo que todas las empresas buscan y sólo unas pocas consiguen.

Entonces ocurre que cientos de personas que hacen hasta días de cola en pleno diciembre para asistir a la inauguración de una tienda, como si les fueran a regalar algo. Una estrategia empresarial brillante la que conduce hasta eso, qué duda cabe. Con su propia cultura empresarial y su propio dios Jobs ascendido al cielo en la cresta de la ola. Aun así, puesto que ni tengo acciones de Apple ni voy a comisión, cuando asisto a escenas como las que vi el sábado, repetidas una y otra vez a lo largo del planeta, lo único que me pregunto es si será verdad eso de que el mundo se ha vuelto completamente loco.

Imagen| Ian Mutto

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