El Plan Bolonia en el marco de la crisis

La delicada situación económica actual, en España y en Europa, está siendo uno de los escollos más duros con los que se ha encontrado la implantación del Plan Bolonia. Los profesores critican el excesivo control administrativo y las universidades se quejan de los recortes económicos

En 1999, con la perspectiva de una Europa cada vez más unida y un horizonte económico muy optimista, 29 países miembros de de la Unión pusieron en marcha las directivas sobre educación que acabaron por conocerse públicamente como el Plan Bolonia, por la ciudad en la que firmaron su Declaración. El objetivo de este plan no era otro que facilitar el tránsito de profesores y alumnos por todo el viejo continente. Querían crear un espacio de educación superior europeo totalmente homologable, de manera que el título de un estudiante español, por ejemplo, tuviera el mismo valor que el de un sueco o un inglés.

Alumnos en el periodo de exámenes adaptado a Bolonia.

Han hecho falta más de diez años para que el plan Bolonia se instaure en Europa, incluida España pero no las grandes escuelas francesas, e incluso se ha extendido fuera del ámbito de la Unión Europea (lo forman un total de 46 países, aunque cada uno lo aplica de manera libre ya que solo están obligados a unas mínimas directrices comunes). Con este cambio, la educación superior europea se ha pasado a organizar en tres ciclos (grado, máster y doctorado) aunque cada país tiene libertad a la hora de decidir la duración de cada uno de ellos. En España los grados son de cuatro años y los máster de uno solo, una opción bastante minoritaria entre el resto de países pero que muchos están estudiando porque tres años son pocos para toda una carrera.

Pues bien, llegado este momento en el que profesores, centros y alumnos se han esforzado por adaptarse al plan (y han protestado mucho porque no consideraban adecuada su implantación), nos encontramos con que la crisis económica que azota el viejo continente está poniendo en peligro este nuevo modelo educativo. Los cambios que implica Bolonia requieren de inversiones económicas: no se puede hacer un cambio de arriba a abajo de un modelo educativo sin contar con recursos económicos, tanto para personal como para infraestructuras. En este momento, el número de alumnos matriculados en las universidades españolas está creciendo, por lo que se necesita más personas, pero además el nuevo modelo conlleva un cambio en cuanto a distribución de las aulas (se requieren aulas más pequeñas) y la dedicación docente. En este sentido, no se entiende que el presupuesto sea más reducido (unos 300 millones menos).

Bolonia propone que el alumno trabaje fuera y dentro del aula (se fomenta una mayor relevancia de las prácticas y el contacto con las empresas) y para ello el profesor tiene que cambiar un poco su perfil: tiene que dejar de dar sus clases magistrales para atender más personalizadamente a los alumnos, asesorándolos sobre sus opciones académicas y las salidas laborales. Este cambio de paradigma, más centrado en los cambios metodológicos que en los de contenidos, es lo que más esfuerzo por parte del profesorado está requiriendo (y sobre el que más están protestando), cuestión que se está abordando prácticamente sin recursos pero con mucha burocracia y control administrativo por medio.

Por otro lado, la libre elección de los países en cuanto a la distribución de los ciclos (la diferente estructura en años de grados, máster y doctorados) está provocando desajustes en cuanto al objetivo principal de Bolonia: la homogeneización de los estudios en el ámbito europeo. Así pues, ante esta situación global de incertidumbre y contradicciones, el plan Bolonia sigue adelante sin saber si cumplirá sus objetivos.

Foto por Universidad de Navarra en Flickr

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