El activista chino Ai Weiwei expone en París

París recibe estos días con gran expectación el desembarco, metafórico se entiende, del conocido disidente chino Ai Weiwei. Metafórico porque, a pesar de que el tan polifacético como irreverente artista chino presentaría en persona su obra más que gustosamente, las autoridades de su país, una tecnocracia de corte socialista y alma tan capitalista como el tío Sam, lo mantienen de facto aislado y por supuesto le niegan cualquier posibilidad de salir de China.

Weiwei fue detenido por las autoridades de la república popular el 3 de abril del pasado año en el aeropuerto de Pekín. Lo mantuvieron aislado completamente del exterior sin presentar ningún cargo contra él durante más de dos meses. Las autoridades chinas tampoco lo comunicaron a su familia, que denunció su desaparición. Finalmente, el gobierno reconoció que Weiwei se encontraba detenido, acusado de «crímenes económicos», algo que en China generalmente suele significar evasión de impuestos.

Nada más lejos de la realidad. El crimen que Weiwei cometió distaba mucho de la corrupción, sino que más bien trataba de combatirla. En realidad, Ai estaba convirtiéndose en un personaje a la par que molesto, peligroso para los gerifaltes que sostienen el tan anacrónico como anquilosado régimen chino. Lejos de ser un pobre y anónimo miserable entre más de 1.300 millones, Weiwei era y sigue siendo uno de los pocos millonarios chinos, si no el único, que no se resignan a decir amén a la corrupción que envuelve casi todos los aspectos de la vida del gigante asiático. Lo había mamado desde pequeño, al ser hijo de un poeta depurado por el Movimiento Antiderechista y enviado a un campo de trabajo junto a su esposa en 1958.

Weiwei siguió la tradición artística de la familia, pero la amplió a todos los campos. Corrían tiempos de mayor aperturismo y consiguió enrolarse en la Academia de Cine de Pekín, donde coincidió con la flor y nata del mundo artístico chino del momento. Él mismo fue un gran exponente del movimiento e impulsó el grupo vanguardista ‘Stars’. Tuvo éxito, vivió en Estados Unidos, siguió estudiando y trabajando y cosechó una importante fortuna. No en vano fue contratado como asesor artístico para el diseño del ‘Nido de pájaro’, el Estadio Olímpico de Pekín, donde se celebraron los juegos en 2008.

Pero optó por levantar la cabeza, por destacarse de la masa alienada y reclamar abiertamente sus derechos. Entendido en materia arquitectónica como era, quiso investigar y denunciar la pésima calidad de los materiales empleados en la construcción de muchas escuelas de Sichuan, totalmente destruidas en el terremoto de 2008. Craso error en un país donde la crítica se paga con detención y aislamiento. Weiwei dio con sus huesos en la cárcel, y desde entonces vive completamente bajo arresto domiciliario y completamente monitorizado por el régimen chino, cosa que no le impide dedicarse en cuerpo y alma a la defensa de los derechos humanos y en definitiva, a ejercer su derecho a la disidencia.

Las exposición que alberga Jeu de Paume en París contiene retales de esta lucha titánica. En ella predomina la vertiente fotográfica de este artista multidisciplinar. Imagenes que son pura irreverencia o bien ácida ironía destinada a corroer los engranajes de la dictadura. Imágenes cotidianas miradas a través del cedazo crítico del artista. Cosas que pudieran parecernos de una candidez absoluta constituyen sin embargo una manera tan contundente como efectiva de levantar la voz cuando todos los demás callan.

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