Cinco años de paz en Irlanda del Norte

Se cumple el quinto aniversario del acuerdo logrado entre protestantes y católicos en Irlanda del Norte. Cinco años de gobierno conjunto entre los unionistas y el Sinn Féin que han permitido lograr una paz estable para una región que ha vivido más de treinta en permanente conflicto armado. Así, el famoso Acuerdo de Viernes Santo, firmado en 1998, fue un tratado político firmado entre los estados y refrendado por británicos e irlandeses, sentó las bases para la disolución definitiva del IRA, que finalmente llegó en 2005 y fue certificada por el gobierno británico en 2008.

La renuncia a las armas por parte de los republicanos fue el prólogo necesario para los acuerdos alcanzados en 2007 que permitieron a Irlanda del Norte recuperar su autonomía y formar un gobierno conjunto entre las dos facciones históricamente enfrentadas. El histórico acuerdo tuvo lugar en el castillo de Stormont, sede de la Asamblea norirlandesa, y fue anunciado por el reverendo Ian Paisley, fundador del Partido Unionista Democrático (DUP, por sus siglas en inglés) y principal líder político y religioso de los unionistas. Sentado a la misma mesa se hallaba Gerry Adams, líder histórico del Sinn Féin y héroe de guerra de los republicanos.

Tiempo atrás habían sido ambos enemigos irreconciliables, y el propio Paisley se vio obligado a renegar de sus palabras cuando reiteró durante décadas que jamás se reuniría en un gobierno con el líder de lo que consideraba una partido terrorista y criminal. A su vez, Gerry Adams también tuvo que hacer concesiones al aceptar finalmente a la Policía del Úlster y al sistema judicial de Irlanda del Norte, que habían sido un blanco habitual de los republicanos, ya que éstos los consideraban instituciones fruto del intervencionismo británico.

El pacto logrado hace ya un lustro cerraba, al menos de manera simbólica, tres largas décadas de conflicto que acabaron con la vida de 3.526 personas. Fue el principal logro del primer ministro británico en aquel momento, Tony Blair, que dejó el gobierno entre durísimas y seguramente más que merecidas críticas por su implicación en la guerra de Iraq, pero al menos consiguió dejar resuelto el problema norirlandés.

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