Los leones roban el sueño del Mirandés

Fue una noche dura, un asalto imbatible para el Mirandés, que por fin comprendía que llegar a la final de la Copa del Rey no iba ser fácil para un equipo de Segunda B. Tampoco la suerte quiso aliarse con los rojillos durante los primeros 45 minutos del encuentro con el Athletic. La presión de los leones era asfixiante y la celeridad de las jugadas abrumadora. En la retaguardia, siempre quedaba una muralla infranqueable de defensas dispuestos a frenar todas las internadas de Pablo Infante. Los de Pouso empezaron bien, pisando talones. Pero el Athletic halló el control del partido a los pocos minutos y no se dejó domar. El rugido llegó con el primer gol de Llorente, pertinaz y demoledor, con un cabezazo que parecía calculado y premeditado. A penas con un intervalo de nueve minutos, Llorente anotaba el segundo tanto. Danzó por el borde del área, esquivó las piernas frenéticas de los defensores y colocó el balón en la red.

El ritmo de juego le sobrepasaba. Daba auténtico vértigo. El Mirandés se rezagó en la defensa y logró llegar al descanso con un 2-0 amenazante sobre sus cabezas. El silencio se apoderó de Anduva, pero no enmudeció eternamente porque no es su estilo. La segunda parte amaneció como algo más prometedor: un Athlétic confiado en el resultado y un incansable Mirandés que por fin empezaba a llegar arriba y a chutar a puerta. Los rojillos se quitaron las legañas, recuperaron su sueño y sacaron los látigos. El Athletic reculó. Los últimos minutos se hicieron eternos, el salvametas fue el que hizo el trabajo duro esta vez para frenar los intentos de gol del Mirandés. La grada estalló en tres ocasiones. Los córners a favor de los bucaneros se multiplicaron. Y así, en el descuento, fiel a su propio estilo, llegó el gol de Lambarri, que en el último minuto encontró ese hueco defensivo que no había existido en todo el partido. Los rojillos vieron el cielo más cerca y presionaron hasta el final. El pitido del árbitro frustró sus esperanzas, pero no su sueño. Ese todavía puede cumplirse en la Catedral. La fe del Mirandés no tiene fin.

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