¿Cómo deben vestir mis empleados?

Las normas de vestuario no deben atentar contra la intimidad del trabajador

¿Por qué los señores y señoras de los bancos van siempre de punta en blanco? ¿Por qué las azafatas parecen cortadas por el mismo rasero? ¿Por qué todos los empleados de El Corte Inglés parecen llevar base de maquillaje? ¿Por qué determinados profesionales van a la oficina en zapatillas? Todos estos interrogantes encuentran su respuesta en algo que para algunos resultará anacrónico y para otros una necesidad de primer orden: los códigos de vestuario en las empresas. Tanto si eres el dueño de una, como trabajador en otra, lo cierto es que este tema no deja indiferente a nadie y las opiniones oscilan de unos a otros. Un caso crítico suele ser el momento de la entrevista, ya que en muchas ocasiones no se conoce el código de vestuario de la empresa que te entrevista, por ejemplo, si encuentras una oferta de empleo en Cetelem, una empresa conocida, pero en la que pocas personas han estado en sus oficinas ¿que te pondrías? El vestir dice mucho de uno mismo, y en el estado del bienestar en el que vivimos, la ropa se convierte, muchas veces, en una forma de expresión personal. ¿Cómo compaginar la imagen que tu empresa quiere ofrecer con tu propia intimidad? Como todo en esta vida, no suele haber una sola respuesta.

Traje y corbata, la norma en muchos trabajos.

Los códigos que hablan de la vestimenta normalmente no suelen ser gratuitos, aunque en ocasiones los jefes sobrepasen ciertas líneas infranqueables. Las motivaciones de este tipo de normas suelen ser tres: en primer lugar, si el trabajador opera de cara al público está obligado, por sentido común, a ofrecer una imagen agradable y aseada. Por otro lado, es común imponer ciertas indicaciones de vestimenta si la empresa desea dar una imagen corporativa reconocible y homogénea; el caso de las franquicias, por ejemplo, es el más visible, ya que los empleados deben vestir un uniforme obligado. En tercer lugar, y si el trabajador representa a la empresa frente a un cliente, ésta le puede pedir que de una buena imagen acorde a sus valores. A fin de cuentas, la imagen de los empleados habla, y mucho, de una empresa. Y es que, en un mundo dominado por la imagen personal, las primeras impresiones cuentan. Es más, muchas veces son los propios trabajadores los que se adaptan sin problemas a los códigos de cada empresa, por aquello que un interesante artículo en Expansión llama la “cultura corporativa“. Esto es, el trabajador hace uso de la lógica y adopta el estilo corporativo sin que nadie se lo indique.

¿Irías al trabajo en zapatillas?

El problema llega cuando confundimos términos o se producen abusos de poder. Ir ‘aseado’ y ‘dar buena imagen’ no significa necesariamente ser un modelo promocional de medidas perfectas, o responder a una estética o estilo determinado. Las empresas jóvenes y más desenfadadas (medios de comunicación, nuevas tecnologías, publicidad…) aceptan que sus empleados adopten una imagen informal sin que ello repercuta en detrimento de la compañía o lleve a la dejadez. Por otro lado, es cierto que, en el mundo en que vivimos, determinados trabajos exigen adaptarse a un determinado registro. No es lo mismo el ámbito comercial (donde los trajes de chaqueta son los ganadores indiscutibles) que el de las relaciones públicas o la publicidad, donde ya se presupone un halo más permisivo y moderno.

Las azafatas, uno de los colectivos donde cuesta más coinciliar imagen y trabajo / Getty Images


Pese a ello, los empresarios no deben inmiscuirse en ámbitos de la intimidad de sus trabajadores que no les conciernen. En la mente de todos se encuentra el caso de Air Nostrum, compañía aérea que se vio envuelta en una polémica sexista al querer marcar el largo de la falda de sus azafatas (además de obligarlas a llevarla), cinco centímetros por encima de la rodilla. Otra de las ‘recomendaciones’ era depilarse las cejas “hasta su perfecta delineación“, además de tener que usar máscara de pestañas. El código de vestimenta debe ir acompañado de unas explicaciones razonables y objetivas, y cuando éste entra en discordia con el trabajo que desempeñan los trabajadores, lo lógico es que se prime la productividad antes que la imagen. ¿O es que no es más cómodo para una azafata maniobrar en pantalones? ¿Rompe ello alguna norma estética imposible de sobrellevar para el viajero? Como hemos dicho, encontrar el perfecto equilibrio entre imagen personal y corporativa a veces es un cometido casi imposible.

Foto zapatillas por daviles en Flickr


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