Europa inicia el camino hacia el fin de la industria contaminante

La Unión Europea inicia el debate para implantar nuevas normativas con el fin de impulsar el tránsito en las empresas para pasar de un modelo industrial contaminante con gases de efecto invernadero. Próximamente las empresas deberán de pagar una cuota por cada tonelada de dióxido de carbono que emitan a la atmósfera.

La Unión Europea inicia el debate para implantar nuevas normativas con el fin de impulsar el tránsito en las empresas para pasar de un modelo industrial contaminante con gases de efecto invernadero. Próximamente las empresas deberán de pagar una cuota por cada tonelada de dióxido de carbono que emitan a la atmósfera.

Sin embargo, se ha desencadenado la polémica por la liberalización de mercado que prácticamente todos los políticos han llevado a cabo en Europa, lo que socava de pleno los objetivos medioambientales. Cuatro años después, es cada vez más evidente que dicho sistema ha favorecido hasta ahora un efecto nada favorable en el beneficio del clima, pese a generar más de un billón de euros inesperados para algunos de los más grandes contaminadores del viejo continente.

Las reformas que comienza a desarrollar la Unión Europea y que pronto serán aplicadas cuentan ya con el apoyo del recién electo Presidente Obama, que considera prioritaria la reforma para frenar los efectos que generan los gases invernaderos en la atmósfera. El Presidente norteamericano declaró recientemente que la lucha de Europa contra el problema medioambiental pone de manifiesto la trascendental tarea que todas las naciones deben de emprender para frenar el cambio climático.

Los políticos europeos reconocen en la actualidad que las reformas aplicadas hasta el momento han sido difíciles de aplicar, sostienen que en su primera fase, que duró desde el año 2005 al 2007, el sistema ha ido mejorando. Sin embargo, no son pocos los analistas que afirman que Europa logrará cumplir los objetivos medioambientales en muy poco tiempo.



El plan europeo consta de la expedición de un número limitado de permisos para emitir dióxido de carbono, el principal gas que contribuye al calentamiento global y, a continuación, la regeneración del mercado libre. Si una empresa produce más que de lo establecido en el permiso, será penalizada por tener que comprar más permisos, en cambio si logra reducir las emisiones al realizar la transición hacia energías más limpias y alternativas, podrá vender sus permisos a otras empresas contaminantes. El mercado será el que establezca el precio.

Este tipo de normativas ya han sido aplicadas con éxito hasta ahora en los Estados Unidos, en donde se logró reducir la lluvia ácida, otro de los principales problemas medioambientales. Según declaran los expertos, el sistema alienta la eficacia y la innovación, al premiar a las empresas que pueden suprimir la mayor parte de la contaminación que generan al menor costo posible.

Pero el calentamiento global es mucho más grande y complejo que el problema de la lluvia ácida, y la creación de un mercado libre compatible con el desarrollo sostenible ha demostrado ser muy difícil y polémico en Europa. La nueva administración de Estados Unidos de la que Obama se encuentra a la cabeza ya ha podido comprobar cómo surgen cada vez más presiones en el país norteamericano para que realice reformas similares a las que se están desarrollando en Europa.

Por ahora las empresas más poderosas en servicios públicos y las industrias que utilizan chimenea temen por su competitivdad, la Unión Europea ha decidido desguazar la idea de obligar a las industrias a comprar sus permisos, poniendo dinero de las arcas públicas. En cambio, los gobiernos de los países miembros de la Unión dieron permisos a la inmensa mayoría de las empresas y al final no resultó eficaz, puesto que con tal cantidad de permisos el mercado casi se derrumbó. La pregunta básica entre los empresarios es si los permisos son para vender, para tirar a la basura o para hacer algo que aún nadie sabe qué es o debe ser exactamente.

En los Estados Unidos ya han tomado nota de esta situación. Los economistas cercanos a la administración de Obama han recomendado otorgar un número considerable de permisos, en lugar de repartir a todos los empresarios, como hicieron en Europa. Consideran que es necesario tener una concepción clara de los objetivos desde el principio, para afrontar la situación con una estrategia clara y bien definida.

Después de los fracasos iniciales, Europa reforzó su sistema y emitió nuevos permisos, que en esta ocasión tomaron un valor sustancial. Unos setenta millones de euros cambiaron de manos durante el año 2008 en el mercado europeo de emisiones, por lo que es, con mucho, el más grande del mundo.

Gran parte de los costos del sistema europeo están siendo pagados por los ciudadanos en precios de bienes y servicios, incluyendo por ejemplo facturas de electricidad más elevadas. La cuestión es si ese dinero invertido está sirviendo para algo. La cantidad de dióxido de carbono emitido por las plantas y fábricas que participan en el sistema no ha disminuido. Por el contrario, las emisiones aumentaron un 0,4 por ciento en 2006 y un 0,7 por ciento en 2007, y todo apunta a que volverán a aumentar aún más en el año 2008.

Entre todo esto, han saltado a la palestra multitud de controversias respecto a la manera en que las empresas están llevando a cabo el sistema.

Una de las compañías eléctricas más poderosas de Alemania y de las más contaminantes en toda Europa, recibió un beneficio inesperado beneficio de unos cinco mil millones de euros durante los primeros tres años de la aplicación de las normativas de medioambiente, según estiman los analistas. Los reguladores alemanes han acusado a los servicios públicos de opacidad a la hora de informar a los clientes y de permitir que se suban las tarifas mucho más de lo que sería necesario.

El problema al que se enfrentará el nuevo gobierno de Barack Obama es el de que en Estados Unidos prácticamente nadie confía en el método europeo. Consideran que fue un completo fracaso. Según los analistas europeos, los estadounidenses no aceptan la idea de que la vía europea fue un experimento para aprender a hacer bien las cosas.

Incluso dentro de la Unión Europea han empezado a surgir conflictos. Por ejemplo Polonia -cuya industria eléctrica depende en un 95 por ciento del carbón-, ha amenazado con bloquear la próxima fase de normativas en Europa sobre emisiones a no ser que disminuyan la carga que tienen que soportar este tipo de empresas. Es un problema similar al que se tendrá que enfrentar el nuevo gobierno estadounidense, ya que numerosos estados norteamericanos dependen también del carbón para producir electricidad, y temen los costos que podrían tener que afrontar si el Congreso aprueba un proyecto de ley sobre calentamiento global.

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