El empresario escritor con Vook

Yo, al contrario que algunos de mis colegas de generación, nunca he tenido una ardiente vocación empresarial. Mientras unos se preparaban para ser unos auténticos tiburones en una piscina cada vez más pequeña, a mí me gustaba ir de bohemio, de romántico, incluso de anacrónico ser analógico, poco introducido en el planeta dos punto cero.

Vook presenta un sinfín de posibilidades para editar tu e-libro y distribuirlo.

Además, para tirarme un poco el rollo y como no tenía muy claro mi futuro post-universitario, proclamaba que mi única vocación era ser escritor. ¿Y por qué no escribes? Me decían, no sin razón. Así que al final, tras años de comportamiento un tanto extraño respecto a mi ferviente cometido -un escritor que no escribe, pues vaya-, me decidí a escribir una historia. Satisfecho con el resultado, convencido de tener entre las manos un clásico de mi generación, envié el resultado a todas las editoriales que conocía. Para mi tremenda sorpresa, ninguna contestó -¡serán capaces, inútiles!-.

Desconsolado, en una de las reuniones, anuncié a mis amigos mi retirada del mundo de la literatura, antes incluso de que esta hubiera empezado. Dos días después, estando yo reflexionando sobre la inmensa pérdida que suponía para la sociedad haberse perdido mi obra, apareció por casa uno de esos amigos míos, aprendiz de magnate, con una solución a mis lloriqueos.

Tienes que convertirte en empresario, me dijo. Y unas narices, le contesté. Y en empresario dos punto cero, incidió. Déjame en paz, protesté. Pero él, haciendo gala de la tozudez de un comercial en horas bajas, se sentó a mi lado con su portátil y me mostró su idea. La ocurrencia se llamaba Vook, un servicio web para editar tus propios ebooks. Yo, el ser analógico, puse mil y una pegas ante el libro electrónico, pero acabé accediendo a probar el invento.

Me registré, por el ‘módico’ precio de 60 euros al mes. Mi ruina, pensé. Después, corté mi texto directamente del Word y lo pegué en las páginas de Vook. Ante mí, entonces, un mundo de posibilidades, para editar el libro. Con sus encabezados, sus notas al pie de página, su aire a libro de papel, salvo por el granulado de las páginas, claro. Diseñé una portada, le casqué su ISBN y su todo y lo dejé listo para triunfar en cualquier parte del mundo. Pero esto no era el fin de la herramienta en cuestión, qué va. Es solo la primera parte. Quedaba la feroz estrategia empresarial. Y ahí estaba yo, con el dichoso Vook, eligiendo los precios y países para distribuir mi criatura. Maravillas del comercio electrónico.

Finalmente, mi preciada obra vio la luz en Amazon y en la propia librería de Vook. No diré los resultados de venta -aunque apunto que empiezo a sospechar que la sociedad no está preparada para mi revolucionario estilo. También intuyo que dentro de mí un pequeño tiburón está empezando a mordisquear al escritor incomprendido. Un empresario editor dos punto cero, sin obra, pero con Vook.

Fuente | Genbeta

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