No me gusta Gmail, ¿Qué hago con mi correo electrónico?

Ejercicio de nostalgia para recordar los buenos tiempos del correo electrónico en los que se usaba para algo más que recibir spam.

Carta abierta. Título: No me gusta Gmail. Destinatario: A quien pueda interesar. Motivo de su elaboración: frustración, aislamiento, sentimiento de abandono. No me hago responsable de lo que escriba en las próximas líneas (se ha escrito en tono paródico y de humor sin intención de ofender a nadie).

Dicen que el correo electrónico ya no es lo que era, que los jóvenes no lo utilizan y que está en desuso. Dicen que teniendo mensajería rápida, para qué utilizar correo electrónico. Quizá se olviden de que mucho tiempo atrás, cuando el correo electrónico era insustituible, ya existían servicios de mensajería rápida. Este no es el momento de hablar de ello, pero Messenger o antes que eso, ICQ, eran sistemas de mensajería que quienes estábamos conectados a Internet cuando es posible que vosotros aún no hubierais nacido, ya utilizábamos. Y en ese periodo de tiempo, el correo electrónico se combinaba perfectamente con la mensajería instantánea.

Simplemente había cosas que no se podían decir en mensajería o que quedaba menos bonito. Los pen-pal, eso que sigue existiendo como recurso de comunicación de nicho (decir «de nicho» es como decir de una forma bonita: «para frikis»), requerían el correo electrónico para disfrutar de su afición. Quienes teníamos pen-pals en la otra parte del mundo escribíamos largos correos electrónicos, de cientos y cientos, miles y miles de palabras. Unos tochos infumables que, en ocasiones, tenías que leer entrelíneas (pero no se lo digáis a Sayaka, mi antigua penpal japonesa). Esos tochos los acompañabas de archivos adjuntos a porrón. Y se degustaban a un ritmo tranquilo, con paciencia. Porque cuando estás leyendo un correo electrónico no recibes otros 20 mensajes en pantalla que, mediante sus notificaciones, te hacen perder el hilo.

Da la sensación de que esta carta abierta se ha convertido en una guerra correo electrónico vs mensajería instantánea moderna, cuando en realidad yo me quería quejar de Gmail. En cualquier caso, volviendo al tema. Los correos electrónicos eran parte de nuestra vida. Teníamos sesiones de lectura por la mañana y por la noche, o en otros momentos del día, pero normalmente siempre contábamos con ese ritual. En algún momento nos sentábamos delante del ordenador y «a ver qué recibo hoy». Era emocionante. La barra de descarga de mensajes llenándose y, de repente, la bandeja de entrada llena. Y llena de mensajes, no de spam (eso comenzó más adelante, hubo un tiempo en el que los estafadores aún no se habían percatado del filón).

Si no tenías muchos amigos con los que te mensajearas, pen-pals o boletines (las newsletter que tan de moda estaban en su tiempo), siempre te quedabas un poco «chof» al ver que recibías poca cosa. De la cantidad de correos recibidos dependería fundamentalmente que desconectásemos Internet de nuestro ordenador durante un rato o que lo dejásemos conectado para hacer otras cosas. Porque en tiempos en los que no existían tarifas planas y pagabas por minutos, era imprescindible ser rápidos. Por ello desconectábamos el ordenador de la red y leíamos los correos desconectados. Escribíamos las respuestas desconectados y luego nos volvíamos a conectar para enviarlos. Si en ese momento recibíamos algún otro nuevo mensaje… ¡horror! (o alegría), a responderlo en ese momento o dejarlo para mañana.

Esa era la vida de muchos jóvenes, y no tan jóvenes, en la época. Las sesiones de correo electrónico se combinaban con las entradas al IRC para saludar, «kickear» a algunos usuarios, «banear» si teníamos «op» o hacer mil barbaridades más intentando que Scytale no te descubriera. El MIRC precedió a la mensajería instantánea y quizá soy perro viejo, pero no dejo de seguir viendo más útil cualquier red de IRC que las apps como WhatsApp por mucho que existan los chats de grupo. Para mi, no tienen el mismo feeling. La de aventuras que se podrían escribir de los tiempos del IRC. Señores, eso da para un buen libro. Pero volvamos al tema: el correo electrónico.

En la actualidad personalmente sigo usando el correo electrónico de forma constante. La vida moderna me permite tener la bandeja de entrada abierta las 24 horas. Curiosamente, dejo muchos más mensajes sin responder que en los tiempos de los módems clásicos de los que os he hablado. Algunos mensajes se quedan sin responder durante días y otros acaban sin respuesta para siempre. Que falte esa rutina diaria es algo importante y que tu mente decida que unos mensajes son más importantes que otros deriva en que algunos, como os digo, nunca se respondan. Ver mi bandeja de entrada es un drama.

También es un drama por el spam y por las miles de recepciones de correos que no interesan a nadie y que llegan como rebote de otros temas que te interesan menos. Sumemos a eso todos los correos que se cuelan por motivos de seguridad. Las notificaciones: «te has conectado desde Cuenca, ¿eres tú?» ¿es que no puedo estar en Cuenca de vacaciones o qué? ¿tengo que informar a Google cada vez que me voy de fin de semana? «Oye Google, que me voy de vacaciones a Cuenca, ¿te parece bien?». Añadamos a eso también los mensajes de las tiendas. Porque para comprar online con cierta seguridad tienes que crearte una cuenta de usuario en la tienda en cuestión y, al hacerlo, estás condenado a que te lleguen tropecientos mensajes de ofertas. ¡Un poco de control señores! Si me mandaran un correo cada mes o cada dos meses, seguro que lo abría, pero uno o dos a la semana es excesivo. Les acabas cogiendo hasta un poco de tirria a esas tiendas tan pesadas.

Lo que ya no hay en mi bandeja de entrada son pen-pals. Porque lo cierto es que llega un día en el que te das cuenta de que la historia de los penpal tiene un objetivo en el que tú, inocente y puro de corazón, quizá no habías pensado: tener «relaciones». Seguro que me entendéis por dónde van los tiros. Sí, señores. Los usuarios de Internet de antes del 2000 debíamos ser muy inocentes, o quizá solo era cuestión mía, nunca lo sabré. Pero el día en el que, después de muchos correos de penpal, te encuentras con tu amiga japonesa Sayaka mientras haces turismo en Tokio, descubres atónito que no has hecho una amistad para toda la vida (bueno, eso también), sino que lo que tienes es a una chica japonesa preparada y entusiasmada (ese entusiasmo tan propio de Japón, con sus saltos de alegría tipo anime y sus símbolos de paz con las manos) por su interés en el acero toledano. Y piensas, «carajo, si yo venía a hacer turismo».

Cuando la gente que teníamos pen-pal se dio cuenta de qué iba el asunto, los pen-pal desaparecieron y se convirtieron en dating sites. Así es más fácil entenderlo todo. A mi me queda clarísimo y se evitan situaciones molestas. Por eso las pocas personas que siguen con lo de los pen-pal siempre añaden una advertencia en sus descripciones: «estoy casado, soy monje budista de la séptima orden del ojo cerrado, no quiero contacto con nadie» o mensajes similares para disuadir a los buscadores de penpal de la vieja escuela.

Retomando el tema original. En la época la gente que se sentía triste porque recibía pocos correos electrónicos lo que hacía era acudir a las mailing list. Eran lugares mágicos en los que coincidir con personas aficionadas a los temas que te gustaban, como las películas de Van Damme, el vino, los videojuegos o Star Trek. Una vez te apuntabas tenías una dirección a la que podías escribir y, cuando lo hacías, ese correo llegaba a todas las personas inscritas en la mailing list (lista de correo). Durante un tiempo fueron tendencia y tuvieron un éxito desmesurado. Se creaban listas de correo diarias y ahí se llegaban a montar unos pipotes importantes, sobre todo cuando varias personas se ponían a debatir o discutir. Si llegaban muchos mensajes y tu correo se saturaba, lo que podías hacer era elegir la recepción de un digest, o lo que es lo mismo, un recopilatorio diario con todos los mensajes. Era una buena forma de poner límites, aunque así normalmente llegabas tarde a todos los temas candentes.

Las mailing list más famosas las compró Yahoo hace unos años y recientemente le ha echado el cierre a toda la infraestructura. Era una herramienta de otros tiempos, una que dependía de forma absoluta del correo electrónico. Y dado que el email ya no está de moda, era obvio que acabaría desapareciendo. En cierto modo las mailing list eran como los grupos de WhatsApp, pero con menos faltas ortográficas y sin emojis. Lo que usábamos era smileys, los sencillos como :) o =:D y los complicados que venían desde Japón, desde el sencillo ^___^ hasta los más locos que nadie entendía al principio [o_o];. (y otros más complicados que no recuerdo, pero que seguro que encontráis en Google). Con el tiempo los programas de correo electrónico decidieron convertir de forma automatizada los smileys en emojis para su visualización y, personalmente, fue algo que siempre odié. ¿Por qué tienes que convertir mis smileys en emojis? ¡No lo hagas!

Yo era de los que usaban smileys en WhatsApp en vez de emojis, pero llega un momento en que la vagancia de usar el teclado te acaba venciendo y usas los emojis más frecuentes que puedes enviar de forma inmediata. Pero ese el problema: la vagancia. La vagancia es lo que fomenta el uso de estas apps de mensajería en las que a veces es imposible entender nada de lo que se escribe (menos la berenjena, ese emoji nos queda claro a todos).

No voy a terminar el monólogo sin hablar de Gmail, no os preocupéis. En mi caso personal, en sus tiempos era usuario de Eudora. Un programa que tenía nombre de abuela. Te imaginabas al correo electrónico con la mantita sobre las rodillas, una bolsa de agua caliente y una taza de café, con gafas pequeñas mientras se balanceaba en la silla viendo un culebrón o leyendo una novela de Harlequin. Eso a mi me daba confianza. Sabía que estaba seguro con la abuela vigilando los correos que recibía.

Con el tiempo no recuerdo qué pasó, pero me mudé a Outlook. Quizá porque tenía funciones o porque me permitía poner más colores en las carpetas, las bandejas de entrada y chorradas parecidas. Pensemos que eran tiempos en los que nuestro cursor del ratón era una ardilla, en los que teníamos un personaje de anime con un reloj en el escritorio de Windows y un gato que se movía por la pantalla persiguiendo un ovillo. Además, las carpetas de Windows tenían dibujitos y había sonidos por doquier para hacer la experiencia más divertida. ¿Dónde ha quedado todo eso? Porque los ordenadores de ahora son aburridísimos. Además, nadie parece tener ya salvapantallas, y eso en las oficinas nos daba la vida al ver lo que tenían los compañeros puesto.

Con Outlook estuve mucho tiempo, muchísimo. Pero en los últimos años Microsoft ha enguarrado todos sus servicios, combinándolos, cruzándolos, modificándolos, haciéndolos de pago y complicándolos. Ha llegado un momento en el que tenía serias dudas para saber qué era Outlook, qué era Hotmail o qué era Windows Live Mail. Este último lo usé una temporada hasta que Windows 10 dijo que ya no se podía usar o algo similar. O quizá comenzó a funcionar de forma terrible, pero la cuestión es que lo tuve que desinstalar y que desde entonces me quedé un poco huérfano. Todo el mundo dice lo mismo: «usa Gmail». Y personalmente, no me gusta Gmail.

No es porque sea de Google (quizá solo un poco), sino porque la experiencia que proporciona en general es tan reseca y aséptica que no me transmite nada. Es como si fuera el correo electrónico para quienes ven el correo electrónico como una mera forma de recibir spam y de identificarse para comprar en tiendas. ¿Qué me decís de las conversaciones dentro de los correos electrónicos de Gmail? No podía ser más lioso, complicado y capaz de meterte en unos buenos berenjenales. Si os dijera todas las conversaciones delicadas que me han llegado «reenviadas» por este sistema de conversación, os sorprenderíais. Conversaciones de todo tipo a las que puedes acceder simplemente echando un vistazo a lo que las personas que te han metido en su conversación han hablado antes. Es la magia de Gmail.

Qué decir que en mi periplo por encontrar un software de correo electrónico útil volví a buscar a Eudora. Pero la vieja se ha vuelto una harpía. Lo que me encontré no se sostiene de ninguna forma y era poco recomendable. Por desgracia había que seguir buscando. Mi opción definitiva, más o menos definitiva, porque hay que pagar para la versión completa y eso siempre molesta un poco, recibe el nombre de eM Client. No es que sea el mejor correo electrónico, pero me siento cómodo escribiendo y recibiendo mensajes. Tiene un toque nostálgico y una interfaz agradable.

Aunque debo reconocer que ya no recibo mensajes personales como antaño. Ahora todo es trabajo y ninguna diversión. Quizá deba buscar un pen-pal.

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