La Competitividad De Las Naciones

Paul Krugman escribió en 1.994 que calificar a los países de acuerdo a su competitividad era un error, que no tenía ningún sustento. Por otro lado, proponía él, que lo mejor para mirar el desempeño económico de las naciones era la productividad, lo que traería mejores resultados para todos. De nuevo el economista tenía razon, y los líderes empresariales y políticos del mundo no quisieron hacerle caso.

En 1.994, en pleno enfrentamiento entre las economías de Asia, Europa y los Estados Unidos por definir quién sería el líder en un mundo post-comunista, Paul Krugman escribió un profundo artículo en la revista Foreign Affairs titulado «La Competitivdad: una obsesión peligrosa», en el que contradecía la principal corriente de pensamiento económico de la época, la que encontraba en la competitividad, el medidor clave para desarrollar en medio de este mundo más interdependiente y, de manera acorde a sus postulados, competitivo.

En medio de lo que parecía ser una obsesión con la competitividad en un país, Krugman escribió en Foreign Affairs: «la idea de que la fortuna económica de un país está determinada principalmente por su éxito en los mercados mundiales es una hipótesis, no una verdad necesaria; y como cuestión empírica-práctica, es una hipótesis sencillamente falsa«. Continuaba el eminente economista: «no es verdad que las naciones líderes del mundo este en ningún grado de importancia en competencia entre ellas, o que alguno de sus principales problemas económicos pueda ser atribuido a un fracaso al competir en los mercados mundiales».
A casi 15 años de esa publicación, es importante ver como el pensamiento de Krugman solo quedó en el papel, mientras que sus opositores lograron enfrascar la competitividad como una meta de vital importancia para los gobiernos del mundo. Dado la clase de economía que hoy en día tenemos, parece ser que de nuevo el actual Nobel tuvo la razón.

En sí, decía él que la mejor manera de definir la competitividad era la que había dado Laura D’ Andrea Tyson, quien la explicaba como «la capacidad para producir bienes y servicios que cumplan los tests de la competencia internacional, mientras nuestros ciudadanos disfrutan de un nivel de vida a la vez creciente y sostenible».

Para aquellos días, en los que Michael Porter se establecía como el gurú de la competitividad a nivel mundial, era de uso común el comparar el comportamiento de los países con el de las empresas.  En ese sentido, era lógico pensar que General Motors y los Estados Unidos deberían tener los mismos índices de medición económica, y juzgarlos por ellos de igual manera.



Frente a esto, era lógico pensar que así como una empresa tenía una línea de flotación, de la que no se puede bajar, dado que de esa manera indicaría que no tiene el dinero necesario para cumplir con sus obligaciones, y por lo tanto debe cerrar; los Estados también deberían tenerla y deberían respetarla. No obstante, la teoría sobre la competitividad encontraba un fallo incorregible en ese apartado, que de por sí la hacía totalmente inútil. Y es que es evidente que los países no cierran. Es verdad que se quiebran, pero no por eso van a cerrar, y dejar de existir, o fusionarse con otro, o vender su activos…

Decía Krugman en este sentido: “cuando decimos que una empresa no es competitiva, queremos decir que su posición de mercado es insostenible; que a menos que mejore su funcionamiento, dejará de existir. Los países, por otro lado, no cierran. Pueden ser felices o infelices con su situación económica, pero no tienen una línea de flotación bien definida. Como resultado, el concepto de competitividad nacional es engañoso”.
No obstante esto, los economistas de la época sí le encontraron un semejante a la línea de flotación de las empresas a los países: la balanza comercial. Lo que se quería decir con esto, era que un país era más competitivo, y por lo tanto mejor, sí lograba vender más al extranjero de lo que le compraba. Frente a este postulado mercantilista y arcaico. Krugman respondió que “tanto en la teoría como en la práctica, un superávit comercial puede ser un signo de debilidad nacional, como un déficit una señal de fortaleza”.

Un ejemplo de la anterior frase puede ser visto en varios momentos históricos. Tal y como lo escribió el mismo autor, el Méjico de los años ochentas con un inmenso superávit era un país muy débil económicamente, mientras que el de los años noventas con un fuerte déficit era todo lo contrario. Por otro lado, algunas veces sí se cumple la hipótesis de la competitividad: los Estados Unidos de Clinton eran muy poderosos y con un gran superávit, mientras que los Estados Unidos de Bush son muy débiles y cuentan con un gran déficit. Desde mi perspectiva, las dos posiciones anteriores demuestran que lo del déficit era casi un invento.

No obstante, el modelo se aplicó en varios lugares del mundo, afectando de manera profunda la vida de millones de ciudadanos. En los países de la periferia, se siguió al pie de la letra los postulados económicos de moda, y se llevó el deseo de ser competitivos a niveles muy trágicos. Con tal de hacer el país más atractivo y competitivo, los gobiernos bajaron sueldos hasta los niveles de miseria, eliminaban las obligaciones para la salud a las empresas, se iban en contra de los sindicatos, tenían políticas de gastos contraccioncitas, y además, eliminaban impuestos a favor de las grandes multinacionales.

Con esto, muchos países lograron hacer de sus economías unas grandes exportadoras, pero al costo de tener en condiciones paupérrimas a sus ciudadanos. Los casos de los países de América Central, quienes se convirtieron en países-maquila para las empresas de los Estados Unidos, o el caso de Tailandia y la empresa Nike, donde miles de personas trabajaban más de 16 horas al día por un sueldo cicatero, son una muestra del costo que para los nacionales tenía la política de la competitividad.

Más triste aún es saber que en el mismo artículo, Krugman proponía que en vez de centrarse en la competitividad, los países deberían enfocarse hacia la productividad, puesto que es ésta en últimas quien verdaderamente otorga el desarrollo a las naciones. En palabras del propio autor: “los principales países industriales, cuando compiten entre ellos en la venta de productos, son también sus principales mercados de exportación y sus principales suministradores de útiles importaciones. Sí a la economía europea le va bien, no lo será necesariamente a costa de la de los Estados Unidos; de hecho, lo más probable es que el éxito de la economía europea ayudase a los Estados Unidos proveyéndole de mayores mercados y vendiéndole bienes de mejor calidad a mejores precios”.

Era claro lo que postulaba Krugman: o nos enfrascábamos en una batalla comercial en donde sólo unos pocos muy ambiciosos habrían de ganar a costa de muchos más, o invertíamos en economías más productivas que darían resultados más equitativos en un plazo más largo, pero mejor para todos. De nuevo la ambición y la avaricia del ser humano se impusieron.

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