Consideraciones una vez superado el ‘Black Friday’

La oleada de compras del último viernes de noviembre deja cifras récord pero obliga a plantearse distintas reflexiones sobre la necesidad o el interés de dichas adquisiciones.

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El pasado viernes 25 de noviembre, España se volcó en el fenómeno del ‘Black Friday’, una de tantas celebraciones anglosajonas que han calado en la sociedad española desde su base, esto es, los jóvenes. El acontecimiento en cuestión tiene bastante sentido si se contextualiza correctamente y, por encima de todo, los participantes en el mismo hacen uso de un buen criterio a la hora de comprar. Al fin y al cabo, se trata de una jornada ideal para adelantar las compras navideñas y beneficiarse de descuentos en artículos que, tarde o temprano, se iba a adquirir. Pero hay mucho más que analizar.

Las cifras de la jornada

Todavía es pronto para evaluar los resultados de la frenética jornada de compras del último viernes pero una consultora estadounidense habla de ventas por importe de 3.340 millones de dólares (unos 3.150 millones de euros) solo en Norteamérica. Algunas previsiones elaboradas en España sitúan el desembolso efectuado en nuestro país en 1.267 millones de euros (datos facilitados por OBS Business School). La asombrosa cercanía entre ambas cifras, máxime si tenemos en cuenta que la población de EEUU multiplica por siete a la española, constata el arraigo del ‘Black Friday’ en España.

¿Tiene sentido un desembolso tan alto?

Evaluar la conveniencia de una compra es siempre complicado porque entran en juego multitud de factores, algunos de ellos casi psicológicos. Tal y como hemos avanzado al principio, si los españoles tenían previsto comprar todo lo que adquirieron en el ‘Black Friday’ en algún momento de diciembre, nos encontramos frente a una compra muy intensa y masiva pero racional. Hablar de consumismo exacerbado o de ‘apoteosis del capitalismo’ (en palabras de algún filósofo de las redes sociales) no tendría sentido en este caso. Más bien todo lo contrario, puesto que los consumidores habrían ahorrado dinero.

En un sentido más amplio, el ‘Black Friday’ puede haber obligado a muchos españoles a acometer una exhaustiva planificación de sus compras. A tres semanas vista del inicio de las celebraciones navideñas, los consumidores se sentaron a realizar cálculos sobre lo que deberían comprar para dichas fechas y cuánto podrían ahorrarse adelantando una parte de ellas. Sin la maratoniana jornada de compras del viernes, es posible que los españoles hubieran adquirido lo mismo o menos en las siguientes semanas pero pagando más. Anticiparse ha sido, pues, lo más inteligente.

¿Capitalismo en su máxima expresión?

Recuperando la cita anterior a cargo de un crítico del ‘Black Friday’, ¿es correcto afirmar que las millonarias compras en cuestión de horas constituyen la ‘apoteosis del capitalismo’? Algunos economistas no tardaron en responder a este tipo de acusaciones al recordar, como hizo Juan Ramón Rallo, que el capitalismo se fundamenta en ‘el ahorro y la inversión’. No cabe ninguna duda de que durante el ‘Black Friday’ vimos mucha inversión pero, ¿cumplieron los consumidores con el trámite previo del ahorro?

Este aspecto nos despierta bastantes suspicacias. Es más que posible que, absorbidos por una vorágine de ofertas supuestamente irrechazables, muchos usuarios se precipitaran a la hora de efectuar sus compras. Dicho de otro modo, la bajada de los precios llevó a oleadas de consumidores a llenar su carro de la compra con artículos que, tal vez, no hubieran adquirido en otro contexto. No se acudió al mercado para cubrir necesidades sino para nutrirse de productos sin la necesaria reflexión previa en torno al interés de los mismos.

Aceptamos como principal detonante de este comportamiento los descuentos aplicados. Por lo tanto, colegimos que quienes adquirieron artículos que no habrían comprado a precios superiores no tenían verdadera necesidad de los mismos. Al no precisar de ellos para seguir con un determinado modelo de vida, su compra obligó a destinar recursos que, previsiblemente, no se habían reservado para tal fin. En consecuencia, una parte del capital de los clientes se habría consumido sin un motivo sólido, impidiendo acometer inversiones más razonables y coherentes en el futuro. Recuperando las palabras de Rallo, la premisa de la inversión se habría cumplido, no así la del ahorro.

¿Todo el consumo debe ser planificado?

No necesariamente. Es posible que alguien no tuviera en mente comprar un determinado artículo pero un fuerte descuento en el precio del mismo le haga cambiar de opinión. En este caso, subsiste la duda de si el consumidor habría actuado con perspicacia o si, simplemente, se habría dejado llevar por una buena campaña de promoción.

Foto: © roobcio

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