Las implicaciones de la sentencia que ‘avala’ a BlaBlaCar

La justicia desestima la demanda contra la plataforma de economía colaborativa y establece que esta empresa no ofrece servicios profesionales de transporte.

blablacar

En octubre de 2015, la patronal del sector del transporte autobús, Confebús, presentó una demanda contra BlaBlaCar, la plataforma que permite a usuarios particulares ponerse en contacto para compartir un trayecto en coche y, por ende, los gastos del desplazamiento. A juicio de los demandantes, la empresa estaba incurriendo en un caso de competencia desleal, al ofrecer un servicio de transporte muy similar al que tradicionalmente ofrecen los autobuses. Esa lectura, sin embargo, no ha sido compartida por el Juzgado de lo Mercantil número 2 de Madrid, que ha desestimado la acusación y que, por tanto, da luz verde a BlaBlaCar.

BlaBlaCar no es Uber

Esta es la primera gran lectura que se extrae en la sentencia que, curiosamente, firma el mismo juez que sí falló contra Uber en 2014. Para el magistrado, queda probado que BlaBlaCar no presta un servicio profesional de transporte que pueda ser considerado sustitutivo del que presta el autobús u otros medios. La clave de esta interpretación es que la aplicación no ofrece el servicio propiamente dicho sino que pone en contacto a usuarios particulares para que compartan gastos. De este modo, no tiene por qué disponer de autorizaciones especiales.

Las diferencias respecto al caso de Uber son importantes. En primer lugar, la empresa estadounidense sí que proporciona un conductor y un vehículo, entrando así en conflicto con otros negocios reglados, en este caso, el taxi. Por lo tanto, Uber opera con ventajas competitivas respecto al resto de servicios de transporte privado, ya que no ha tenido que adquirir las costosas licencias que sí poseen los taxistas. BlaBlaCar es, simple y llanamente, una plataforma que abraza el amplio concepto de la “economía colaborativa”. Su actividad es análoga a la de página web de contactos personales, ya que se limita a facilitar que dos personas que comparten un interés se conozcan.

Un triunfo de la economía colaborativa

El juicio a BlaBlaCar se presentaba como un proceso a las empresas que trabajan con la economía colaborativa en su conjunto. No en vano, y por las razones que ya hemos visto, la firma facilita un contacto estrictamente personal entre varios usuarios. Que estos particulares posteriormente acuerden un precio por compartir un vehículo y que ello reste potenciales clientes a las empresas de transporte no implica que BlaBlaCar compita con ellas. La economía colaborativa sale muy reforzada.

¿Hay que regular el sector?

Evidentemente, la sentencia no va tan lejos pero de su lectura se extrae que nuestro país adolece de un marco regulatorio adaptado a los nuevos patrones de consumo. Si los usuarios se muestran cada vez más favorables al recurso a sistemas alternativos a los tradicionales en múltiples sectores, los organismos competentes han de dar cabida a esta nueva realidad en las leyes. De lo contrario, siempre cabe la posibilidad de que se produzcan conflictos como el que nos ocupa.

Ahora bien, una regulación no puede implicar en modo alguno la saturación del heterogéneo sector de la economía colaborativa con múltiples gravámenes. No puede perderse la perspectiva de que esta manera de acceder a diferentes bienes y servicios presenta innegables beneficios para la sociedad. Por un lado, permite reducir costes de servicios que, ocasionalmente, pueden considerarse básicos. Por otro, reduce también los niveles de contaminación así como la generación de residuos en general. En suma, los posibles gravámenes no pueden llegar al extremo de desincentivar una conducta objetivamente positiva.

¿Y qué pasa con los sectores tradicionales?

La emergencia de la economía colaborativa no tiene por qué suponer la extinción de los negocios que convencionalmente venían ofreciendo estos servicios. Al igual que la aparición del ‘ebook’ no ha supuesto un retroceso demasiado significativo del libro impreso (al contrario de lo que muchos auguraban), los transportes tradicionales pueden pervivir. Lo harán, eso sí, si se convencen de que deben adaptarse al máximo a las preferencias de unos usuarios cada vez más predispuestos a personalizar sus experiencias de consumo.

Esto es más fácil de decir que de aplicar pero, en definitiva, se trata de apostar por la actualización permanente. Los autobuses pueden centrarse en aquellos aspectos de su actividad que no se dan en un coche compartido, como un conductor profesional, mayores comodidades para los viajeros o incluso servicios adicionales de entretenimiento. En cualquier caso, las compañías que han disfrutado de una posición bastante privilegiada deben adaptarse a los nuevos tiempos y no litigar contra ellos.

Vía: El Español.

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