¿Qué implicaciones tendría una UE a dos velocidades?

La idea no es nueva pero ha sido sutilmente deslizada desde el seno de la Unión. Podrían configurarse dos bloques de países según criterios económicos o políticos.

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La próxima salida de Reino Unido de la Unión Europea (UE) modificará notablemente el equilibrio de poderes en las instituciones comunitarias. Lógicamente, Alemania y Francia seguirán marcando el paso tanto en la organización política como en la zona euro, en su calidad de primera y segunda potencia, respectivamente, en ambos espacios. Sin embargo, para que las iniciativas de estos dos poderosos agentes tengan éxito, necesitarán la aquiescencia de los dos ‘segundones’, Italia y España. Los cuatro países han celebrado recientemente una cumbre en la que se ha dado apoyo a la idea de una UE a dos velocidades. Pero, ¿qué implica este planteamiento?

Ritmos diferentes para economías diferentes

Que la UE se muestra siempre dividida frente a cuestiones de especial envergadura es algo innegable. La articulación de dos vías diferentes para otros tantos grupos de países podría ser la solución a estas fuertes diferencias de criterio. De este modo, los objetivos macroeconómicos (déficit, deuda pública, paro, inflación…) se modificarían en función de cada uno de los grupos de países. Este mecanismo no se ha concretado y está por ver la idea que las grandes potencias tienen de las dos velocidades, si bien se espera que se muevan en la línea comentada.

¿Cuáles serían los grupos de países?

Esta es la gran duda, ante la cual solamente podemos hacer elucubraciones en base, eso sí, a datos objetivos. Resulta plausible pensar que el primer grupo, por llamarlo de alguna manera (aunque es seguro que no se le llamaría así en caso de materializarse la idea) estaría formado por los países más solventes. Aquí podríamos encontrar a: Alemania, Países Bajos, Austria, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Francia y, posiblemente, Bélgica. Hablamos de las economías más sólidas en la mayoría de parámetros, como la renta per cápita.

En el otro grupo se situarían el resto de países de la UE, capitaneados -como premio de consolación- por Italia y España. A continuación, encontraríamos desde economías relativamente potentes como Irlanda o la República Checa hasta los países más pobres de la Unión como Grecia, Bulgaria o Rumanía. Ahora bien, esta sería una división exclusivamente económica, no estando nada claro que sea el criterio que se utilice para nutrir los dos grupos. Si se decide apostar por una Europa a dos velocidades en términos políticos la situación cambia de manera radical, con Italia y España claramente en el primer grupo.

¿Qué resistencias puede encontrarse el proyecto?

Si la idea se materializa finalmente en el apartado político, es decir, se divide a los países en función de su voluntad por avanzar hacia una mayor integración europea, las tensiones serán menores. Las cuatro principales potencias, junto a otros países europeístas como Portugal, Irlanda o Bélgica estarían también en el primer grupo. Las ‘sorpresas’ podrían proceder ahora de los países ricos, como Austria, Países Bajos o Dinamarca, donde existe mayor división social sobre la utilidad de la UE.

En cuanto a la división en base a criterios económicos, aquí el problema sería más bien de orgullo. Sería muy difícil de justificar ante los italianos y los españoles que sus países no forman parte de la punta de lanza de la UE, aun siendo evidente que se sitúan varios peldaños por debajo de las economías punteras. Por consiguiente, si Alemania y Francia se empeñaran en alentar esta idea difícilmente podría acabar materializándose. Se correría el riesgo de que el euroescepticismo avanzara en la tercera y cuarta economías del espacio comunitario.

El problema está en la zona euro

Con todo, aunque la iniciativa se esté planteando desde Bruselas, el principal foco de tensión de los últimos años no ha estado en la UE sino en la Eurozona. La gestión de los rescates soberanos, la fijación de los objetivos macroeconómicos y la dialéctica empleada muchas veces frente a los problemas de algunos países han sido los principales puntos de fricción. Y estos no han surgido por las acciones de las grandes instituciones políticas sino de las económicas.

En consecuencia, si la fuente de la mayoría de males está en la esfera financiera, quizá sea más productivo buscar avances en la Unión Bancaria o incluso en la Unión Fiscal que en el terreno político. Es evidente que muchas sociedades europeas no ven con buenos ojos el crecimiento del aparato burocrático bruselense y que hay que priorizar los asuntos económicos. La Eurozona podría mejorar notablemente su imagen si consigue dar la sensación de que ha aprendido la lección.

Foto: © gjp1991

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