¿Qué es la demanda y cuál es su función en la economía?

La demanda es uno de los conceptos clave para entender las fases de expansión y contracción económica y es objeto de todo tipo de interpretaciones.

demanda

Gobiernos, instituciones y analistas suelen señalar que la evolución de la demanda será clave en la recuperación económica y en la estabilidad financiera del país en general. Nos encontramos por tanto ante un concepto con una marcada influencia en la economía y cuya protección preocupa a todas las partes implicadas. La demanda es, en efecto, el elemento que dinamiza o contrae cualquier economía, en tanto la exigencia de más o menos bienes y servicios es la que finalmente define si se crea o se destruye riqueza. Veamos las implicaciones y las vertientes de tan decisivo término macroeconómico.

¿Qué es la demanda y en qué categorías se divide?

Por demanda podría entenderse el conjunto de bienes y servicios que los consumidores demandan en un momento y un espacio acotados. Una fuerte demanda implicaría una mayor actividad económica por cuanto los proveedores se verían obligados a producir más productos para corresponder las necesidades de los clientes. Por el contrario, un retroceso de la demanda implicaría a su vez una disminución de la actividad económica porque los proveedores no necesitarán producir tantos bienes. Como puede verse, la vinculación entre PIB y demanda es evidente.

En cuanto a los tipos de demanda, la más habitual y la que más se utiliza mediáticamente es la demanda agregada. A decir verdad, esta categoría es la que coincide exactamente con la explicación que hemos realizado del concepto. Dicha demanda se calcula una vez el consumo ya se ha materializado, tomando en consideración distintas variables como la renta del país, el gasto absoluto (incluyendo particulares, empresas y organismos públicos) o la producción. Se trataría de un juego de suma cero en el que el precio de la producción debe ser el abonado por los consumidores para que se pueda hablar de expansión económica. Otra variante sería la demanda elástica, que toma en consideración la preferencia de los usuarios en su consumo.

¿Cómo se mide la demanda?

Es la gran pregunta. La capacidad de anticiparse a los cambios en la demanda puede suponer que una empresa aproveche al máximo los momentos de expansión y se proteja frente a los periodos de debilidad del consumo (ajustando su producción de manera inmediata). Sin embargo, ello resulta extraordinariamente complejo y las mediciones se realizan siempre en base a proyecciones y a los datos del pasado, lo que impide trazar previsiones 100% fiables.

Para medir la demanda hay que contabilizar los bienes y servicios que se ofrecen en un mercado. En este sentido, los bienes resultan más sencillos de ponderar, dividiéndose en los de consumo duradero y los de consumo no duradero. A todo lo anterior cabría añadir los considerados activos de inversión, como el mercado inmobiliario, y que tienen un peso enorme en la economía. También se pondera la inversión, tanto la ya realizada como la prevista, en tanto se trata del gran estímulo para la demanda agregada.

¿Cómo se estimula la demanda?

Este es el elemento más controvertido del concepto. Todos están de acuerdo en que la demanda es importante y que debe dinamizarse siempre. Sin embargo, las posturas sobre cómo estimularla no podrían ser más dispares. Los keynesianos o socialdemócratas entienden que la demanda no puede interrumpirse porque es la base de la economía. Consecuentemente, los Estados deben realizar los estímulos oportunos para que así suceda, incentivando según qué compras y poniendo en circulación más dinero para que se utilice en la inversión o el consumo.

La escuela liberal es bastante más escéptica sobre esta manera de proceder. No niega que la demanda pueda estimularse pero dejan dicha responsabilidad al sector privado. Así, las empresas deben adaptarse a las necesidades de los consumidores en cada momento para que el ciclo del consumo no se interrumpa. Paralelamente, los gobiernos pueden ayudar pero solo en el plano normativo o fiscal, reduciendo trabas al consumo y poniendo facilidades a la inversión con un marco tributario laxo. Lógicamente, cabría una tercera opinión, la socialista o comunista, en la que se intenta vincular demanda y producción de manera coactiva por parte del Estado.

Las paradojas de la demanda

La flexibilidad de la demanda implica que en ocasiones podamos encontrarnos realidades como que la puesta en circulación de una gran masa monetaria no signifique un aumento significativo del consumo. Los programas de estímulos de los bancos centrales se encuentran hoy con que los consumidores e inversores no cogen el dinero que estos ponen a su disposición.

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