La transformación de China que cambiará el mundo

La incertidumbre en torno al rumbo de la economía china no oculta la histórica transformación que está experimentando el país asiático en busca de una mayor prosperidad.

china

Desde mediados de 2015, la atención mediática sobre China se ha centrado en buena medida en tratar de esclarecer cuál será el ritmo que tome la economía del gigantesco país asiático. La breve crisis bursátil de hace dos veranos sacudió los mercados de todo el planeta y llevó a no pocos analistas a ver en aquel episodio un verdadero cisne negro que situaría al mundo al borde de una nueva recesión. La sangre, al menos por ahora, no ha llegado al río, si bien todo cuanto acontezca en China seguirá afectándonos de un modo cada vez más intenso. Veamos por qué.

De los horrores del Gran Salto Adelante a la modernización más rápida de la historia

A la altura de 1976, China seguía siendo uno de los países más pobres de Asia. A decir verdad, los experimentos llevados a cabo en las décadas anteriores, muy especialmente, el crítico Gran Salto Adelante (1958-1961), habían provocado algunas de las mayores hambrunas de la historia. Aunque desde finales de los sesenta el gigante asiático comenzó a relajar la intensidad de sus planes quinquenales, hubo que esperar a la muerte de Mao Zedong para que el país cambiara por completo su dinámica.

La llegada al poder de Deng Xiaoping supuso el inicio de un rápido desmantelamiento de buena parte de las estructuras de control social y proteccionismo económico que atenazaban al país. En las siguientes décadas, China iría abriéndose al resto del mundo y permitiendo, con cuentagotas, que los agentes privados comenzaran a crear empresas sin la tutela directa del Estado. No fue un proceso sencillo pero los resultados no se hicieron esperar, acelerándose en las décadas de 1990 y 2000. De este modo, si en 1976 la renta per cápita china era de 163 dólares, en 2016 asciende ya a 7.920 dólares.

China como la gran fábrica del mundo

El proceso modernizador se sustentó sobre la base de una de las mayores fuerzas laborales del planeta. Por una simple cuestión demográfica, China tenía a su disposición el mayor número de potenciales trabajadores disponibles en un solo país. Ello sería decisivo para orientar la actividad productiva hacia la fabricación masiva de todo tipo de artículos. Pese a que se trataba de productos de muy bajo valor agregado, la capacidad productiva de China le permitiría alcanzar elevadas cuotas de mercado en todo el planeta.

Esta situación se mantuvo casi como una foto fija durante varias décadas, afianzándose a partir de la entrada del país en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Este hecho iba a consolidar el modelo de deslocalización de las factorías de muchas grandes empresas estadounidenses y europeas. Estas marcas vieron en China el emplazamiento ideal para llevar allí gran parte de su producción, asumiendo unos costes laborales mucho más bajos y contando con la aquiescencia de las autoridades chinas. Podría decirse, incluso, que la Gran Recesión (en Occidente) permitió llevar este sistema a su máxima expresión.

La fábrica se encarece

Sin embargo, pocas dudas caben de que algo está cambiando en el país asiático y lo está haciendo, además, con una fuerza inusitada. Tal y como mencionábamos con anterioridad, la calidad de vida del grueso de la población china se mantiene lejos de los estándares occidentales pero su mejoría resulta incuestionable. El control de Pequín sigue siendo importante pero el hecho de haber abierto tanto la mano para permitir el desarrollo del país le impide frenar por completo las crecientes demandas de la ciudadanía. No se trata de movilizaciones a gran escala pero los trabajadores chinos están pidiendo cada vez mayores sueldos.

Este movimiento, que resulta totalmente lógico habida cuenta del crecimiento experimentado tanto por las empresas chinas como por el país en su conjunto, obliga a las multinacionales a asumir mayores costes para contratar en China. Esto resulta particularmente evidente en las grandes ciudades, en las que ya reside casi el 60% de la población. La emergencia de lo que podría considerarse un embrión de clase media puede echar al traste con la estrategia comercial exclusivamente expansiva que ha abanderado la segunda economía mundial durante no menos de tres décadas. Lo chino empieza a dejar de ser sinónimo de barato.

La tecnología reduce el empleo industrial

Si los costes laborales están creciendo en China, la tecnología propicia que la automatización esté cubriendo por completo amplias fases de la producción. El rotativo The Atlantic señala que apenas el 9% de los trabajadores de todo el planeta están ocupados en el sector industrial, menos de la mitad que en los años ochenta, cuando arrancó el ‘boom’ chino. Así pues, en el futuro las empresas necesitarán menos trabajadores en sus factorías, lo que puede acabar con la deslocalización industrial.

Los primeros movimientos de las multinacionales

Adidas o Apple han sido algunas de las grandes compañías que han anunciado la apertura de grandes factorías en Estados Unidos en los próximos años. El fabricante deportivo alemán creará, de hecho, una fábrica casi 100% robotizada, constituyendo uno de los primeros ejemplos de los cambios que se avecinan en el sector. Lógicamente, la fuerza laboral china empleada en las factorías irá menguando de manera significativa en los próximos años. China no podrá seguir siendo la fábrica del mundo.

El tránsito hacia la innovación

El modelo productivo chino basado en la cantidad está obligado a dejar más espacio a la innovación y la creatividad, tratando de competir de tú a tú con las grandes marcas occidentales. El terreno de las nuevas tecnologías es uno de los que más en serio se ha tomado el gigante asiático, como prueban los éxitos de Huawei o Xiaomi. Otro cambio significativo es el que ha podido corroborarse en las últimas semanas en el ámbito de la ingeniería aeroespacial. No en vano, China parece liderar la carrera espacial en la actualidad.

¿Cómo afectará esta tendencia al resto del mundo?

Curiosamente, el que China cierre sus fábricas puede suponer muchos más pros que contras para el resto del planeta. Por un lado, la reducción de la brecha salarial entre Occidente y China puede llevar a que muchas empresas desdeñen la posibilidad de trasladar sus líneas de producción al país asiático, prefiriendo anotarse un tanto en materia de imagen. Por otro lado, el creciente peso de las compañías chinas en el concierto mundial conlleva una mayor competencia, todo un estímulo para las firmas occidentales.

Tampoco sería exacto ver en esta dinámica el fin de la producción industrial en China. Sencillamente, estamos asistiendo a un viraje desde el modelo cuantitativo de las últimas décadas a otro marcado por la calidad. Entretanto, la ciudadanía china seguirá ganando capacidad adquisitiva y ello permitirá a las empresas occidentales contar con un mayor número de consumidores potenciales. Se avecina un cambio histórico.

Vía: Magnet

Foto: © Olivier26

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