Jaque a la recuperación económica

El sistema económico en el que vivimos se basa principalmente en el consumo. La burbuja financiera fue posible gracias a los materiales con los que están construidos las cotas de la democracia contemporánea, en la que juega un papel protagonista la clase media. Sin ella y sin la ficticia capacidad de ahorro creada por parte del sistema bancario no hubiera sido posible el inflamiento de los mercados, los cuales hoy, con más gula que otra cosa, piden más donde no hay. Entre tanto, el consumo cae en picado y pone en jaque la estructura capitalista que ha de reinventarse para sobrevivir y quién sabe si concediendo mucha menos importancia al consumo.

La estructura económica de los países capitalistas está experimentando una gran convulsión que puede derrumbar por completo los ‘sagrados’ preceptos bajo los que nos movíamos hasta el momento. Mandaba el mercado (la oferta y la demanda) y lo seguirá haciendo, sin lugar a dudas, durante un buen tiempo. Sin embargo, hay cosas que están cambiando y que nosotros, protagonistas indiscutibles de los sucesos que ocurren en la actualidad, no somos del todo conscientes o, al menos, no lo podemos percibir con total claridad.

Mucha gente en las calles por Navidad, pero pocas compras

Sin intención de realizar un discurso filosófico, quisiera presentar de inmediato las claves de por qué estas vacaciones navideñas están acogiendo una serie de cambios decisivos, a la vez que (casi) imperceptibles, para el futuro de la estructura económica de Occidente. Si bien hasta el momento toda prosperidad económica se basaba en la capacidad de generar beneficios a través de la compra-venta de bienes, nos hallamos en un instante histórico en que esta regla puede estar quedándose obsoleta. La posibilidad de ahorro por parte del ciudadano medio, realidad en la que se apoyó la burbuja económica que nos ha estallado en las manos, ha desaparecido. Ante esta cruda situación, de la que ya no se pueden beneficiar los mercados, es posible responder de diferentes maneras. Y es que el inflamiento de estos entes abstractos, tan recurridos en nuestro léxico últimamente, se ha debido en gran parte a la especulación sobre la capacidad de ahorro del ciudadano medio, cosa que se ha puesto en evidencia de manera irrevocable y que, quizás, nunca se recupere. En este sentido, resulta lógico conectar la crisis económica con la crisis social y política que se vive en Occidente desde hace varias décadas. Sin duda, el capitalismo se nutría (y se nutre), principalmente, de la clase media, emblema de la democracia contemporánea. Por lo tanto, la crisis de este sistema económico no puede ser entendida sin el consecuente análisis político y social sobre el mundo contemporáneo.

Contextualizada la situación de la que partimos, notamos que, puesto que los mercados son incapaces de crecer más debido a la desarticulación de los mecanismos de ahorro de la clase media, hay que tener en cuenta nuevos métodos de afrontar el cambio económico que estamos experimentando. Así, muchos de estos procedimientos pasan por no asociar la prosperidad económica a la compra-venta de bienes. Tras ver la insostenibilidad del sistema, no queda otro remedio que cambiar las reglas del juego. El consumo cae en picado (en noviembre bajo más de un 7% interanual) y no parece ser que en esta Navidad, época consumista por excelencia, vaya a cambiar la balanza.

Foto: leumas_1974

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