Brasil y Venezuela, la peligrosa combinación entre crisis económica y política

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Uno de los argumentos más utilizados para cargar parte de la responsabilidad de la corrupción sobre la ciudadanía española es que el grueso de esas malas prácticas se cometió hace años y que solo ahora se han traducido en indignación colectiva. Dicho de otro modo, parece que los problemas económicos han sensibilizado a la sociedad española sobre según qué temas que antes ya se denunciaban pero no siempre se tomaban en serio. Salvando las distancias, algo muy similar (aunque a mayor escala) parece estar ocurriendo en Brasil y Venezuela, países en los que la crisis financiera y la política parecen una sola.

Brasil, una suspensión que seguirá coleando

A finales de 2014, Dilma Rousseff lograba la reelección como presidenta de Brasil aunque con ciertos apuros. El desgaste tanto de la líder como del propio Partido de los Trabajadores comenzaba a ser evidente, con la economía brasileña evidenciando sus primeros problemas serios. No había pasado ni un año cuando la presión sobre Rousseff se intensificó por su presunta implicación en distintos casos de corrupción. Uno de los más graves era el relacionado con la gestión de la empresa pública Petrobras, cuyas ramificaciones últimas todavía siguen investigándose.

Aquel escándalo marcó el principio del fin de la sucesora del carismático Lula da Silva, que el pasado 12 de mayo fue suspendida temporalmente como presidenta y que tendrá que afrontar un juicio político en el que se debatirá su destitución definitiva. Todo apunta que la suspensión se reafirmará durante las controvertidas sesiones y que, quizá, el país volverá a acudir a las urnas, si bien este extremo no se ha confirmado. Desde el entorno de Rousseff se habla abiertamente de golpe de Estado, posición que comparten los socios tradicionales de la suspendida líder brasileña, como Bolivia y Mercosur en su conjunto.

Y mientras tanto, la economía brasileña…

… se hunde sin paliativos. La crisis económica parece ganar en intensidad en consonancia con los acalorados debates políticos. La inflación se mantiene en niveles consistentemente elevados (el IPC de abril alcanzó el 9,8%), la tasa de desempleo prosigue su escalada hasta el 8,2% en febrero (en 2015 era del 6,9% y en 2014 del 4,3%) y su deuda sigue instalada en el ‘bono basura’. Todo ello acompañado por una notable caída del PIB que se espera se acerque al 4% en 2016.

Tensión máxima en Venezuela

Tras más de una década de incuestionable hegemonía política chavista, las elecciones parlamentarias de finales de 2015 arrojaron un triunfo incontestable de la oposición venezolana, que pasó a hacerse con el control de la cámara. Estaba cantado que aquel triunfo iba a suponer un enfrentamiento abierto entre el poder ejecutivo, detentado por el Gobierno de Nicolás Maduro, y el legislativo, en manos de la coalición opositora. La tensión no tardó en saltar a la calle con manifestaciones en una u otra dirección.

El Gobierno tumbó la Ley de Amnistía aprobada por el parlamento y este respondió con el inicio de una campaña para revocar al presidente, todo ello en medio de una crisis económica excepcionalmente grave. Los problemas de abastecimiento están a la orden del día y ello ha generado una amplia contestación social que ya se vio en las elecciones y que ahora ofrece duras imágenes a todo el mundo. Como no podía ser de otro modo, Gobierno y parlamento se lanzan acusaciones recíprocas mientras crecen los problemas.

Un escenario macroeconómico crítico

Venezuela es uno de los países que peor se está comportando en 2016 según la mayoría de indicadores, unos datos que ya fueron avanzados por organismos como el FMI el año pasado. Resulta casi imposible calcular la tasa de inflación real que sufre el país, el IPC se situaba en el 180,9% en diciembre de 2015, cifra sin parangón en el escenario internacional. La caída del PIB en 2016 podría acercarse al 8% según las últimas previsiones, un dato que supondría una verdadera depresión económica.

Las grandes similitudes

Tanto Brasil como Venezuela tienen el detonante de sus problemas económicos en el desplome del mercado de las materias primas, particularmente del petróleo. Sin embargo, no es posible responsabilizar únicamente a este hecho de la debacle financiera de ambos países. Al fin y al cabo, en los dos casos se había tenido tiempo de sobra para buscar alternativas a la exportación petrolera o, como mínimo, para reducir la dependencia de la misma.

Foto: Dilma vía Shutterstock

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