Arabia Saudí mira más allá del crudo con cierta incertidumbre

La mayor potencia del mundo árabe ha puesto en marcha distintas iniciativas para encarar un futuro con menores réditos del petróleo.

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La gran crisis del petróleo de los años setenta, motivada por el apoyo occidental a Israel durante la Guerra del Yom Kippur, constató la impresionante posición de fuerza de que disponía Arabia Saudí. La monarquía saudí apenas necesitó cortar el grifo del crudo para motivar una crisis de hondas dimensiones en países como Estados Unidos. Esa capacidad de influencia se mantuvo sin apenas variaciones hasta el desplome del mercado petrolero iniciado en 2014. El ‘fracking’ estadounidense y la mayor eficiencia de las industrias occidentales han mermado igualmente su fortaleza comercial. Ahora, trata de hallar vida más allá del ‘oro negro’.

Un país rico… estadísticamente hablando

La renta per cápita de Arabia Saudí se situó en 53.800 euros en 2015, una cifra que sitúa al país como uno de los más ricos del mundo. De hecho, habría que mirar a los Estados más prósperos de Europa (Suiza, Luxemburgo, Noruega, Dinamarca…) para encontrar un nivel de vida superior al saudí. Sin embargo, es evidente que a diferencia de lo que sucede en esos países de referencia en materia de bienestar social, el Estado árabe presente importantes desigualdades. La mayoría de sus 28 millones de habitantes viviría en situación de práctica pobreza.

Visión 2030

La constatación de que un mundo en el que el petróleo no fuera tan determinante para la actividad económica como lo ha sido durante más de un siglo llevó a Riad a pensar en iniciativas de peso para preparar este escenario. El año pasado, el Gobierno saudí presentó el programa Visión 2030. En el marco de este plan se espera desarrollar un modelo productivo capaz de generar ingresos para el Estado por importe de 100.000 millones de euros anuales al margen del crudo. El programa combina inversiones con recortes presupuestarios.

Arabia Saudí ha puesto punto y final a las benévolas condiciones en las que sus ciudadanos accedían a diferentes servicios. Se han reducido sensiblemente los subsidios de las fuentes de energía (combustible y electricidad) y también del agua, que, en honor a la verdad, apenas estaban gravadas en el inmenso país árabe. También se ha aprobado un impuesto sobre el valor añadido (un IVA, vaya) que recaudará unos 10.000 millones de euros anuales. Este plan de choque se explica por la necesidad saudí de embridar sus gastos para no disparar más su déficit y su deuda, inexistentes hasta 2014.

Déficit, deuda y privatizaciones

Los ingresos derivados de la actividad petrolera pasaron de 151.300 millones de euros a 132.600 millones entre 2015 y 2016. Un recorte de casi 20.000 millones de euros en un solo ejercicio ha destrozado las finanzas públicas saudíes, cuyo déficit ya se había disparado del 3,4% en 2014 al 15,9% en 2015. La deuda pública, prácticamente en el 0% del PIB en 2014, superó el 15% en 2016 y se espera que alcance el 35% en 2018. Son niveles comparativamente bajos pero que evidencian problemas financieros muy serios.

Para tratar de capear el temporal, Arabia Saudí sacó al mercado parte de su mayor compañía, Saudi Aramco, dentro de un plan más amplio de privatizaciones. Todo ello fue también recomendado por el FMI, que prevé que el PIB saudí crezca apenas un 0,4% en 2017 (previamente, se esperaba un crecimiento del 2% para este año). El recorte de la producción aprobado por la OPEP, en la que los saudíes llevan la voz cantante, ha mejorado ligeramente las expectativas pero en ningún caso dibuja un panorama como el anterior a 2014.

Las grandes esperanzas

Riad está acometiendo importantes inversiones públicas para prepararse para una dependencia todavía menor de los ingresos petroleros. Quiere que el país destaque como centro de negocios en Oriente Medio y que sus empresas de otros sectores empiecen a ganar protagonismo en la escena internacional. Paralelamente, deberá estimular la demanda interna y crear un mercado nacional más propio de un país desarrollado. También ha habido importantes inversiones en educación y en el fomento de las nuevas tecnologías.

Cabe destacar que las intenciones árabes tienen importantes implicaciones en la economía española. De entrada, algunos de los proyectos más notables en materia de infraestructuras han sido encomendados total o parcialmente a firmas españolas, como el tren de alta velocidad entre Medina y La Meca o el metro de Riad. También los astilleros españoles están de enhorabuena, como las instalaciones de Navantia en Ferrol, que están fabricando corbetas para el país árabe. Una apuesta de futuro.

Vía: ABC.

Foto: © gustavofrazao

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