60º aniversario del Tratado de Roma: balance y perspectivas de la UE

La UE cumple sesenta años escasos días antes de que Reino Unido apele al artículo 50 del Tratado de la Unión para iniciar su salida.

Night view at St. Peter's cathedral in Rome, Italy

El 25 de marzo de 1957 se suscribió el tratado más importante en la historia de la integración política europea. El Tratado de Roma dio origen formal a la Comunidad Económica Europea (CEE), el embrión más directo de la actual Unión Europea (UE). Aunque ya se habían levantado organizaciones continentales con anterioridad, el proyecto que arrancaba en la capital italiana no iba a ser una más. Seis países -República Federal de Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Luxemburgo y Países Bajos- acordaron estrechar lazos no solamente económicos sino también políticos. Sesenta años después, el balance de la UE presenta sombras y luces.

Las claves del Tratado de Roma

Los asuntos abordados en el tratado eran numerosos pero había dos aspectos que sobresalían sobre el resto. En primer lugar, se ponía en marcha la Unión Aduanera, un paso de gigante si tenemos en cuenta que suprimía las fronteras entre dos países que se habían masacrado durante las dos guerras mundiales (Alemania y Francia). No fue una medida que se materializó de la noche a la mañana (se dilató durante más de una década) pero finalmente alumbró lo que hoy se conoce como Mercado Común.

El otro pilar de la CEE fue la Política Agraria Común (PAC), que en realidad no era sino un símbolo de la voluntad europea por hacer frente común en un mercado mundial con cada vez más participantes. Efectivamente, verduras, frutas y hortalizas recibieron un impulso considerable al financiarse numerosos programas en cada uno de los países que iba integrándose en el club. Tal fue el caso de España, que tras su entrada en 1986 se benefició extraordinariamente de los fondos de la PAC así como de otros programas de desarrollo. Todavía hoy, el campo español recibe ayudas muy cuantiosas.

Hacia el Espacio Schengen

La Unión Aduanera reducía su alcance inicial al libre tránsito de mercancías y bienes en general, un hito en toda regla al que todavía había que sumar la circulación de personas y capitales. No fue un camino sencillo pero en 1986 se aprobó el Acta Única Europea, en virtud de la cual personas, bienes y capitales podían transitar con absoluta libertad por toda la CEE. El Mercado Común ya mencionado fue una realidad en 1992, cuando se consiguió la plena aplicación de esta filosofía. En 1995, se daría un nuevo salto cualitativo con el Espacio Schengen.

El Espacio Schengen supuso, en la práctica, la ampliación del concepto del Mercado Común a países que no pertenecían a la ya rebautizada como UE. Aunque los acuerdos comerciales discurren por otro lado, la libre circulación de personas, bienes y capitales está garantizada entre todos los países comunitarios más Noruega, Suiza e Islandia. Este acuerdo ha permitido que los tres países compartan numerosas obligaciones con los de la UE pero que no dispongan de capacidad de decisión en Bruselas. Con el reciente anuncio de la próxima salida del Reino Unido, este país ha solicitado un estatus similar al de los tres anteriores.

Una ampliación constante

Junto con la Unión Aduanera, la PAC y el Espacio Schengen, la CEE también vio cómo su número de socios no dejaba de aumentar con el paso del tiempo. En 1973, ingresaron en la organización Reino Unido, Irlanda y Dinamarca. En 1981, entró en ella Grecia. En 1986, le llegó el turno a España y Portugal. Y ya con la denominación de UE, la ampliación no se detuvo hasta contar con 28 países tras la incorporación de Croacia en 2013. En este ámbito se han dado no pocos desencuentros entre los países ya pertenecientes a la UE.

En un primer momento, Francia, y más concretamente el general Charles de Gaulle, vetó al Reino Unido apelando a diferentes tópicos que, curiosamente, los británicos han confirmado con su apoyo al ‘Brexit’. Posteriormente, también hubo reticencias a la entrada española por su competencia con la huerta francesa. La inclusión de Europa del Este también generó suspicacias entre los países ricos por la posible llegada masiva de inmigrantes búlgaros o rumanos. El último gran desencuentro se ha vivido con la solicitud de adhesión de Turquía, suspendida en estos momentos por la falta de consenso al respecto.

El euro, un punto de inflexión que sigue coleando

La UE es independiente del euro pero el segundo influye muy poderosamente en la primera al ser la moneda de 19 países comunitarios. La posibilidad de adoptar una moneda común estuvo siempre sobre la mesa, al menos desde la puesta de largo de la CEE, con gran entusiasmo por parte de Alemania y Francia. El Tratado de Maastricht o Tratado de la Unión Europea de 1993 fijó el primer gran calendario para la creación de una divisa europea (además de rebautizar a la CEE como UE).

El euro entró en vigor el 1 de enero de 1999 pero todavía habrían de pasar tres años hasta que su uso reemplazara por completo al de las diferentes monedas nacionales (como la peseta en España). Teóricamente, todos los países de la UE salvo Dinamarca y Reino Unido (aunque en este último caso la cláusula ya carece de sentido) están obligados a adoptar el euro en algún momento. Por ahora, el último país en dar el paso ha sido Lituania, que se integró en la zona euro en 2015.

Nada será igual tras el ‘Brexit’

El 23 de junio de 2016, los británicos avalaron en referéndum la salida de su país de la UE, un hecho inédito más allá del precedente no comparable de la isla de Groenlandia. El hecho causó un hondo impacto en la UE y llegó a dar la sensación de que otros países seguirían el ejemplo británico a no mucho tardar. Aunque el inesperado desenlace de las elecciones holandesas ha serenado los ánimos, cuando a finales de mes el Gobierno de Theresa May active el artículo 50 del Tratado de la UE arreciarán las dudas.

¿En qué punto estamos del camino?

Si la integración europea es un trayecto hacia alguna parte, cabe preguntarse en qué tramo nos situamos. El grado de soberanía que se ha cedido a las instituciones europeas es notable pero en ningún caso llega al extremo de comprometer la continuidad del Estado-Nación, como acusan los más críticos. Con todo, ¿cuál es la meta deseada? ¿Un Gobierno para toda Europa o un acuerdo de convivencia muy amplio basado en una serie de puntos básicos?

Durante un tiempo parecía que el primer objetivo era el más plausible pero tras el fiasco del proyecto de una constitución para la UE tan ambiciosa meta se alejó considerablemente. La gestión de las fronteras exteriores de la Unión también suscita críticas, con varios países interpretando de una manera bastante particular sus competencias en materia aduanera. Es por ello que cada vez son más los que se inclinan por el segundo horizonte.

Foto: © sborisov

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