El euro a debate: ¿fracaso o revisión?

La moneda única se ha convertido en el blanco de todas las críticas pero no es la única responsable de los fuertes desajustes de los países europeos.

euro

La semana pasada, el Banco Central Europeo (BCE) reconocía, extraoficialmente, que el euro no estaba funcionando tan bien como se había previsto en un primer momento. En líneas generales, la moneda única arrancó en medio de una gran expectación y los primeros resultados parecían anticipar una rosada historia de éxito. Entre 2002 y 2008, países como España, Italia, Portugal o Grecia se beneficiaron de una época de expansión en la que la mayor fortaleza de la moneda única respecto a sus antiguas divisas nacionales generó una falsa sensación de prosperidad. De la noche a la mañana, el panorama cambió radicalmente.

El crac de 2008 inauguró una larga etapa de tribulación en la que las vergüenzas de muchos socios del club del euro quedaron al descubierto, casi en idéntica proporción a la incapacidad de las autoridades comunitarias para reconducir la situación. Por todo ello, da la sensación de que el euro solo funciona cuando todo marcha bien, siendo un proyecto notablemente deficitario cuando las cosas se tuercen. Ante esta realidad, ¿puede hablarse de que la moneda única ha fracasado o resulta más sensato referirse a que requiere una profunda revisión? Veamos qué de cierto hay en cada argumento.

Quienes hablan abiertamente de fracaso centran su análisis en la gran exposición de los países menos desarrollados económicamente a la última gran crisis. Grecia sería el paradigma de esta debilidad aunque conviene reconocer que el propio país heleno había incurrido en fuertes desequilibrios financieros que agravaron considerablemente su posición. No obstante, no podría culparse exclusivamente a Grecia por su colapso ya que otros países como Portugal, Irlanda o España también han protagonizado episodios críticos. Todo ello sería el resultado, según esta versión, de un proyecto común guiado por los intereses de las grandes economías centroeuropeas.

Decisiones como el mantenimiento de altos tipos de interés hasta bien entrado 2012, las condiciones de los distintos rescates (especialmente, los de Grecia) y la relativamente escasa flexibilidad en la fijación de los objetivos de déficit y deuda pública, habrían contribuido a ensanchar la brecha entre el norte y el sur de Europa. Como prueba de todo esto, las cifras macroeconómicas de Alemania habrían mejorado durante la crisis frente a la caída a plomo de economías como la griega. En consecuencia, puede haberse llegado a un punto en el que el euro solo beneficia a países que hayan superado plenamente la crisis.

Aunque sabemos que esto no va a contribuir a incrementar nuestra popularidad entre los lectores, a continuación explicaremos por qué tal visión es errónea o, como mínimo, inexacta. En primer lugar, el supuesto beneficio que Alemania ha extraído a la crisis europea (bastante dudoso, dicho sea de paso) no sería atribuible sensu estricto a la crisis en sí sino a las reformas acometidas en el país en el marco de la Agenda 2010. Es más, Alemania estrenó moneda con peores resultados iniciales que el resto de países.

No es de recibo pretender que los países que presupuestan cada año déficits desbocados (en el caso de Grecia llegó a superar el 10%) planteen siquiera la posibilidad de que la responsabilidad de sus problemas sea exógena. No lo es en la medida en que Grecia manipuló notablemente sus cifras macroeconómicas para incorporarse al euro, España pasó de un endeudamiento del 35,5% en 2007 al 97,7% en 2014, y Francia e Italia se negaron a promover reformas internas hasta 2013 en el primer caso y 2011 en el segundo.

Resulta lógico, pues, que el país mejor preparado para afrontar la crisis haya sido el menos perjudicado por la misma. Lo contrario no es que hubiera sido incoherente, hubiera sido profundamente injusto. El error en los análisis estriba en que muchos comentaristas consideran que la finalidad del euro era que los países asociados a esta divisa acabaran convergiendo. Que esto no se haya producido no es culpa exclusivamente de la formulación del euro, que también, sino que tiene mucho que ver con el rigor presupuestario de cada país.

Hay que agradecerle al euro que gracias a su existencia los bancos centrales nacionales no han podido manipular sus economías mediante políticas monetarias expansivas, devaluaciones o fijaciones de tipos de cambio oficiales inverosímiles. El euro ha impuesto una disciplina mínima que sería notablemente negativo perder y que ha evitado que la inflación sea hoy un problema en Europa. Por consiguiente, la revisión de algunos parámetros de la divisa comunitaria se antoja como la opción más sensata.

Vía: Elblogsalmón.

Valora esta noticia: 1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (0 votos, media: 0,00 de 5)
Loading ... Loading ...