La UE rubrica su acuerdo comercial con Canadá entre el escepticismo de la ciudadanía

El CETA reducirá parte de las tarifas aduaneras a ambos lados del Atlántico y agilizará los trámites para participar en concursos públicos. La sociedad se siente al margen.

European Union Canada High Resolution Puzzle Concept

Hace tiempo que Bruselas ha perdido su tirón entre buena parte de la opinión pública europea y cualquier decisión que allí se adopte está condenada a ser recibida con escepticismo. Uno de los episodios que más ha evidenciado la separación formal entre las instituciones comunitarias y la ciudadanía es la, por ahora, fallida negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TTIP). A la espera de conocer la suerte de este proyecto, la UE ha sacado pecho al conseguir la ratificación de un acuerdo con Canadá.

El CETA es el resultado de un largo periodo de negociaciones que arrancaron en 2009 y que tenían como finalidad estrechar lazos entre una economía tan dinámica como Canadá y una organización supraestatal tan influyente como la UE. En el acto de firma simbólica del acuerdo, el primer ministro canadiense Justin Trudeau no escatimó en elogios hacia la otra parte, mostrando una evidente satisfacción por la consecución del tratado. Por el contrario, los representantes europeos fueron más lacónicos en sus intervenciones, conscientes de la brecha abierta respecto a la sociedad.

El acuerdo, que ahora entra en una fase de aplicación provisional, comprende 1.600 páginas en las que se desgrana desde el funcionamiento de las aduanas hasta el reconocimiento de los títulos profesionales. También quedan dentro del tratado el procedimiento para que las empresas extranjeras pujen en concursos de los países comunitarios o los estándares de supervisión y protección alimentaria. Cabe destacar que la llamada economía sostenible ha sido incluida en el texto final aunque de manera menos específica que el resto de capítulos.

Las empresas europeas podrían ahorrarse en torno a 500 millones de euros por la reducción de las tarifas aduaneras, extrapolando los resultados de los últimos años. Otra ventaja es que muchos de los concursos canadienses que hasta ahora resultaban prácticamente inaccesibles pasarán a estar abiertos para las compañías europeas. Los más críticos entienden que los salarios caerán o subirán menos de lo que lo habrían hecho sin el CETA, fruto de la menor autonomía de los gobiernos. La polémica está servida.

Vía: El Mundo.

Foto: © eabff

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