La nueva cronología de Facebook

Así, sin más. Como ven, he optado por un titular neutro porque soy incapaz de encontrar una valoración adecuada a la nueva presentación de perfil de Facebook, que está siendo progresivamente implementada estos días. Igual que puede haberle sucedido a otros usuarios de la popular red social, ver la historia de mi vida reflejada en una cronología con una presentación final digna de revista de papel couché me despierta sentimientos encontrados. Por un lado resulta poco menos que alucinante en cuanto que es como un álbum de fotos vitaminado, es decir interactivo, y con todo lo que has hecho en un momento determinado de tu vida; las nuevas amistades, las nuevas aficiones, caras, lugares, eventos y cosas que habían quedado medio olvidadas o entremezcladas anacrónicamente con otros recuerdos en un rincón de la memoria.

Sencillamente espectacular, jamás imaginé que la manera de presentar una misma información -pues recordemos, la nueva cronología no añade nada que no tuviéramos ya en Facebook- pudiera cambiar tanto el impacto final a los ojos del usuario. Pero en cuanto salgo del ensimismamiento comienza a invadirme una extraña sensación, como una suerte de extraña inseguridad, de sentirme sutilmente alerta; algo similar a cuando oímos un ruido raro en el sótano y bajamos a comprobar que no ha sido nada. Caigo entonces en la cuenta de que dicha nueva presentación es una arma de doble filo, pues sus grandes virtudes constituyen al mismo tiempo su principal fuente de peligros potenciales. Porque hasta que no ves tu vida ordenada como una secuencia, no te das cuenta de que sólo así presentada cobra sentido y por tanto se convierte en algo verdaderamente valioso.

La información, claro. Una información que en ese momento aprecias completísima y que abarca desde los aspectos más banales hasta los más íntimos y profundos de nuestra vida. Porque, piénselo, no es ya que usted confíe más o menos información a Facebook, se trata de que no depende plenamente de usted. Están sus amistades y conocidos, sus etiquetas en comentarios y fotos, sus ‘gente que podría gonocer’ aunque sólo usted y Facebook lo vean, y en el archivo va quedando registrado donde estuvo, por donde pasó y qué hizo. Como un inmenso Gran Hermano global. De hecho, siempre funcionó así, pero hasta hace poco no se percibía porque se iba clasificando en paginas que quedaban atrás y a las que costaba acceder.

Ahora en cambio, basta tirar de scrollwheel para enterarnos literalmente de la vida de cualquier contacto que tengamos agregado con más precisión que si lo conociéramos de un par de años. E insisto, todo ello en manos de terceros, de una empresa de dimensiones gigantescas y con sede social en el extranjero. Me viene a la mente la batalla legal en que se embarcó hace nada un chaval austriaco para conseguir que Facebook borrara los datos que él había eliminado, y que finalmente ganó, como es lógico. Y mientras estoy inmerso en este tipo de reflexiones, de fondo en la 2 están echando La vida de los otros, genial película sobre cómo se las gastaban los intachables camaradas de la Stasi en tiempos de la RDA. Decenas de kilómetros de archivo y medio país convertido en espía del vecino dan fe de las glorias del paraíso socialista.

Caído ya el viejo muro sin embargo, en el feliz y libre Occidente, Facebook y otras grandes empresas han conseguido lo que ni el más avezado Garbo en sus tiempos mozos habría soñado posible; convertir el susodicho archivo, loado por unos, denostado por otros y por todos reconocido como la más perfecta maquinaria de espionaje de la historia, en una simple anécdota, algo del todo insignificante en comparación con la base de datos de la red social por excelencia. Y además invirtiendo el esquema; ahora somos los usuarios quienes cedemos voluntariamente nuestra intimidad. Y en estas sigo, pero paso una tras otra las fotos que relatan mi vida, mes arriba y mes abajo, mientras me consuelo pensando que sólo cambia la presentación. Recemos para que no les dé por comerciar con ellas. ¡Pero es que la alternativa es aislarse de la modernidad! Confiemos pues en que aquí nunca pase nada, porque si es así no habrá lugar en el mundo donde podamos escondernos. ¡Joder, pero es que queda todo tan bonito!

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