Vargas Llosa, el Nobel de la Literatura que resiste

  • El autor fue distinguido en Suecia “por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual”
  • El peruano nos regaló un discurso a la altura de su obra: Elogio de la lectura y la ficción
  • Siempre se ha caracterizado por su compromiso político, con el Perú e internacionalmente

Mario Vargas Llosa, feliz tras saberse ganador del Premio Nobel de Literatura

Mario Vargas Llosa, el autor que ha encumbrado las letras hispánicas con una trayectoria literaria prolífica y única, fue al fin distinguido con el honor que se le rinde a los grandes como él. Y aunque no deja de ser más que eso, un premio internacional -que al fin y al cabo es un puro trámite-, el Nobel ha servido para que periodistas del mundo entero se lancen a hacer crónicas como la presente, redescubriendo a uno de los novelistas más excepcionales del siglo XX y acercándolo a todos aquellos que aún no lo conocieran. Afortunados serán hoy los que cojan por vez primera un ejemplar de La Fiesta del Chivo, motivados quizás por un faldón en la portada que rece “…del ganador del Premio Nobel de Literatura 2010”, y se adentren en la hipnótica narrativa del peruano.

Discurso para el recuerdo

Leer Elogio de la lectura y la ficción, el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura 2010, es de por sí dejarse deleitar por pura literatura. La de un sabio que ha contado todo lo que tenía que contar y aún le queda cuerda para seguir contándonos mucho más. Mario Vargas Llosa subió el pasado 7 de diciembre al estrado de la Academia Sueca en Estocolmo para lanzar un discurso de esperanza para la literatura, que atravesó las paredes del Auditorio llegando a los oídos de todo el mundo en una lengua poco propia de los academicismos internacionales. Sí, el escritor peruano volvió a traer el español a una ceremonia que llevaba décadas sin escucharlo, pero ese día nos regaló especialmente su voz sincera reflejándole el alma. El nuevo Nobel de literatura repasó con entereza una vida de delirio por los libros, con agradecimiento para todos aquellos maestros que hasta los maestros como él han tenido algún día, y sin olvidar ni un segundo sus raíces y los que le rodean.

Su pasión por los mundos mágicos a los que la ficción cede el visado -“la lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño” citó- quedó tan de manifiesto como su convicción de que la literatura nos hace libres, del mismo modo que sin ella nuestra conciencia de opresión sería anulada. “La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan”. Toda una declaración de intenciones, que resiguió posteriormente el trazo de su silueta política ajustada hoy al liberalismo, aunque recordando sus orígenes: “en mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio…”. Vicios del joven artista que cree encontrar en los aires afrancesados el remedio para sanar la asfixia de una tierra poco prolífica en las letras salpicaban su discurso, para luego reconocernos que el viejo continente le sirvió sobre todo para descubrir su América Latina. Los 74 años de historias del novelista se sucedieron en unos minutos por todas las latitudes -desde el Perú “de todas las sangres” que lleva en sus entrañas, hasta las muchas ciudades que le han dado hogar-, cartografiando una vida marcada por el movimiento incesante con el rumbo marcado con grandes letras.

La voz del escritor llegó clara en todo el discurso, incluso en los momentos de crítica social y recuerdo a los menos afortunados, hasta que se rasgó súbitamente cuando llegó al capítulo de su amor, Patricia Llosa. La Patricia que representa Perú, según sus propias palabras. “La prima de naricita respingada y carácter indomable…”. La mujer que lo ha sido todo en su vida y que todo lo hace bien. La única capaz de reconocerle a una de los mejores plumas del mundo su propia pena: “para lo único que tu sirves, Mario, es para escribir”. La que le ha acompañado inquebrantable durante más de 45 años de matrimonio, consiguiendo arrancarle la emoción. Entre sollozos cortados, el padre de Álvaro, Gonzalo y Morgana, le dedicó a la madre de éstos las palabras más bonitas que se recordarán de su locución. Un texto que él recelosamente no le dejó ver a ella antes de la ceremonia (ahora Patricia ya sabe porqué) y que seguro pasará a la posteridad como una más de sus genialidades del pensamiento, entre sus novelas y ensayos.

Vargas Llosa, a sus 74 años, puede presumir de una larga carrera novelística

Vargas Llosa hizo vibrar las decenas de personalidades presentes en Suecia, a millones en todo el mundo, y en especial a muchas otras a las que también dedicó algunas palabras emocionadas. Como la incombustible agente literaria que le ha acompañado a lo largo de su dilatada carrera, Carmen Balcells, que se contagió de antemano de las lagrimas del maestro y no puedo sino emocionarse con este repaso vital de una fuerza incuestionable. Los que le conocen admiten que Mario ha hablado mil y una veces de política, de literatura, de la vida misma, y que jamás le habían escuchado una pieza tan perfecta. El Nobel del 2010 ha servido, independientemente a los valores que representa y que el espíritu de su creador se encarga desde donde sea de salvaguardar, para ofrecernos una clase magistral de humanidad, de convicción, y de que el arte no está reñido con nada, ni con el corazón ni con la razón. Un paso más, de un valor incalculable aún, en una gran bibliografía universal.

Las riñas de dos Nobel

Si la literatura hispanoamericana fuera un equipo de fútbol, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez serían sus dos cracks. Y está claro que dos estrellas en un mismo vestuario ocupan demasiado lugar, provocando una consecuente reacción de choque. Así, el peruano y el colombiano, como en una tragicomedia salida de cualquiera de sus trazos, mantienen una relación particular que ha transitado por todos los estadios de un tenso arco argumental. Desde el amor que Vargas Llosa profesó de joven al otro y que plasmó en su tesis “Gabriel García Márquez: historia de un deicidio”, hasta la tediosa convivencia a la que han llegado y que sostienen a modo de Guerra Fría literaria. El cómo ambos genios suramericanos dejaron atrás la admiración para pasar a un odio no manifiesto lo explica el famoso incidente del 12 de febrero de 1976 en México, cuando Mario le propinó un puñetazo en el ojo a su en otros tiempos amigo soltándole: “por lo que le hiciste a Patricia”. Una escena más propia de un folletín que de un fragmento vital de dos novelistas encumbrados, pero al parecer la mujer de Vargas Llosa fue el germen de la disputa entre ambos. Los motivos del arrebato violento de éste no están aún claros, pero todo apunta a que Gabo tuvo ciertos escarceos amorosos con la esposa del otro. O quizás el colombiano le sugiriese a Patricia que se separase de su marido por las presuntas infidelidades de él. Sea como fuere, las cosas entre ellos están ahora tibias, como ejemplifican las declaraciones de Vargas Llosa hace 3 años: “García Márquez y yo tenemos un pacto tácito que es que nosotros no hablamos de nosotros mismos para darles trabajo a los biógrafos”. De momento, a los que más trabajo han dado es a la prensa amarilla.

Recuerdos de novela

El recién galardonado llegó en 1936 al mundo real con, a priori, pocas papeletas de hacerse un hueco en el mundo de las letras. De lugares como Arequipa (Perú) no es precisamente de dónde suelen nacer los grandes autores de la literatura universal -aunque, bien pensado… ¿de dónde deben hacerlo?-. Sin embargo, ese origen ha significado, redundantemente, el germen de su mejor escritura, estando muchas de sus obras influidas por la visión del autor sobre la realidad peruana y sus propias experiencias como miembro de esa sociedad. Nacionalizado también español, Vargas Llosa ha llevado la literatura en lengua castellana allá dónde pocos otros han llegado, no sólo por el hecho de internacionalizarla, sino por dotarla de un peso específico, una voluntad que nunca antes se había logrado de tal manera.

Evidentemente, más de cincuenta años dedicados a plasmar ingenio en trozos de papel dan para mucho, y el chaval que forjó su pasión literaria en el Colegio Militar Leoncio Prado para aliviar el confinamiento paterno, ha ido moldeándose hasta el personaje que hoy todo el mundo admira. Por el camino queda la tradición de mentores como Balzac, Satre, Tolstoi, Conrad, Cervantes o William Faulkner, para citar los mismos a los que él hizo referencia en Estocolmo.

Fueron también sus labores periodísticas, que empezaron con prontitud en el diario limeño La Crónica allá por el 52, las que le ayudaron a pulir una escritura que estaba predestinada a cambiar su país. A esto siguió un progreso natural dentro del ámbito intelectual juvenil: estudios de Derecho y Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, varios tanteos con el activismo político de su país, pluriempleo en diversos empleos literarios, y flirteos directos con Francia, entre muchas otras anécdotas. Fue precisamente en la meca del pensamiento cultural moderno, Paris, dónde el joven autor comenzó su etapa más prolífica, escribiendo gran número de obras. En Europa encontró así su segundo hogar, residiendo indistintamente en ciudades como Londres, Barcelona, Atenas, y Madrid, dónde se doctoró cum laude en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid con su tesis “Gabriel García Márquez: historia de un deicidio”. En dicho escrito, Vargas Llosa evidencia la admiración que entonces profesaba por la obra del novelista colombiano, a través de más de 800 páginas que encumbran a ambos como genios literarios.

Su vida personal ha estado marcada principalmente por dos mujeres que además fueron primero de todo sus familiares. Julia Urquidi, tía política del escritor y once años mayor, contrajo matrimonio con él cuando éste tenía tan sólo 18 años, generando ríos de polémica en una familia bastante conservadora. Para Marito, su tía simbolizaba la liberación y fue algo así como una guía espiritual que le encaminó hacia la profesionalización. La relación duró ocho años, dejando como poso literario una de las obras más personales y semi-autobiográficas del novelista: “La tía Julia y el escribidor”, publicada en 1977. No obstante, éste relato y la posterior telenovela que se derivó del mismo, no gustaron demasiado a Julia. A parte del malestar por poner al descubierto su vida íntima, ella se veía en la ficción como una “seductora de menores”. A raíz de eso, la primera esposa del premio Nobel publicó en 1983 su propia versión de los hechos, “Lo que Varguitas no dijo”, centrándose más en su matrimonio y no en los años previos de amor furtivo. Tras pocos meses de su divorcio, en 1965, Vargas Llosa se casa de nuevo generando cierto revuelo familiar, esta vez con su prima hermana Patricia Llosa. Y ella ha sido definitivamente la mujer de su vida durante los 45 años de matrimonio que les ha unido y que ha dado como fruto a dos hijos y una hija, nacidos entre 1966 y 1974. La mujer que es capaz de conjugar todo el amor de Mario, el de la patria y el de su otro yo, tal y como demostraron sus poéticas palabras en Suecia.

Mario Vargas Llosa durante un evento literario en Estados Unidos

Novelas con discurso

De Vargas Llosa se dijo también que es quién ha prestado su voz a los silenciados y a los oprimidos, a la vez que ha situado en sus escritos a los presidentes y a las prostitutas, en el camino para encontrar sus metáforas. Es innegable que toda la obra del escritor peruano está impregnada por su visión de la justicia, de cierta pretensión de criticar lo que aborrece y de querer cambiar aquello que no funciona. Tal vez parecen ingenuas estas consideraciones, porqué más allá de las pretensiones estilísticas es eso lo que busca todo literato con cabeza además de mano, pero es que en Mario Vargas Llosa el compromiso es más que una voluntad. Pero está claro que él ha sido un intelectual con un papel importante en la sociedad y que ha cumplido muy a menudo el rol de su consciencia crítica. Y como apuntábamos antes, no solo la de los gobernantes -a los que ciertamente siempre hay que poner en el punto de mira-, sino también de las miserias de los ciudadanos en general.

Prueba de ello es su tránsito por la política -liderando diversos partidos como el Movimiento Libertad en el 87-, que llegó al punto culminante en 1990 cuando participó como candidato a la presidencia de la República Peruana por el Frente Democrático-FREDEMO. La aventura no llegó a buen fin, ya que perdió las elecciones, pero Vargas Llosa mantuvo su firmeza como persona y seguramente el gran motivo de la derrota fue que era incapaz de mentir y dijo tan sólo lo que iba a hacer, sin ilusionar al pueblo con falsas esperanzas. Pero como en las películas previsibles, la historia política del país se cumplió y que el candidato liberal fuera apartado dio la clave de poder a un dictador, Fujimori. La pérdida electoral marcó la figura del novelista, que volvió a Londres de inmediato para proseguir su carrera literaria.

Mario Vargas Llosa ha sido muchas cosas más que novelista, y no sólo en términos metafóricos, ya que desde muy temprano, además de cosechar una trayectoria coherente en distintas modalidades de escritura -desde ensayo hasta todo tipo de ficción, teatro y memoria-, ha participado como traductor de la UNESCO en Grecia -junto a Julio Cortázar-, ha presentado programas de TV como La Torre de Babel, ha sido jurado en diversos certámenes internacionales, ha colaborado con diversos periódicos españoles y suramericanos -en por ejemplo El País o la revista cultural Letras Libres-, y ha sido profesor de varias universidades de todo el mundo -desde el King’s College de Londres hasta la Universidad de Columbia-.

Vargas Llosa ofreciendo su apoyo político al candidato para las presidenciales peruanas Alejandro Toledo

La obra literaria de Vargas Llosa hereda la corriente realista de sus compatriotas Ciro Alegría y José María Arguedas, pero con el matiz que le aporta la narrativa hispanoamericana, bebedora de mares sin límites. Se alzan así como piezas magistrales de la literatura, además de sus novelas más destacadas: “La ciudad y los perros” -escrita desde una pensión madrileña en 1963, se convirtió en el éxito clave de la literatura latinoamericana-, “La casa verde” -segunda novela del escritor, en 1966, y heredera de sus expediciones por el Amazonas-, “Conversación en la Catedral” -de 1970 y cuyo germen es el país que le vio nacer y la revisión crítica que hace del mismo-, “La guerra del fin del mundo” -escrita en el 1981, es una recreación de la Guerra de Canudos y las injusticias cometidos por los soldados con los campesinos de la zona-, y “La Fiesta del Chivo” -del 2000, es sin duda uno de los más acertados retratos de una dictadura latinoamericana-. Su última novela, “El sueño del Celta”, vuelve por los trazos de hechos históricos en la época colonialista y la brutalidad de muchos de los personajes que pueblan esos pasajes. El escritor sigue así, con sus ya 74 años, el camino de la batalla real empuñando la estilográfica de la ficción. Un Don Quijote de hoy en día, con una cordura de toda la vida. Y ahora, ya de abuelo, se atreve incluso con los castillos de la ficción infantil con “Fonchito y la luna”. Mario Vargas Llosa, asombro para niños y mayores.

Fotos (por orden de aparición): Gettyimages, Mtkr, Wikimedia Commons, Gettyimages

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