La tumba política de los egipcios

El 11 de febrero de 2011 cayó el presidente de Egipto, Hosni Mubarak. Las protestas populares que se sucedieron desde principios del año pasado, justo antes de que el presidente cumpliera 30 años en el poder, aglutinaron la fuerza necesaria para cumplir su objetivo: formar un nuevo gobierno en el país. Un país donde Mubarak contaba con una fortuna estimada en 70.000 millones de dólares, mientras el 40% de sus habitantes subsistían con dos dólares al día. La presión popular consiguió la dimisión de Mubarak y su huida hacia Sharm el-Sheikh. Desde entonces, las calles siguen estando llenas, en especial esa plaza simbólica de Tahrir, donde se conmemora la revolución egipcia.

El problema es que la mayoría ven que la transición política está incompleta. El poder quedó en manos de las Fuerzas Armadas de Egipto, que constituyeron un consejo militar de gobierno, pero las reformas profundas que exige el pueblo no llegan. La revolución tiene que continuar. Por eso siguen las concentraciones y las acampadas populares en la plaza de El Cairo; allí, cientos de egipcios mantienen vivas sus demandas, por el momento sin enfrentamientos ni altercados, exigiendo un cambio real de gobierno y una verdadera justicia social. La oposición al poder militar es una de las consignas que más se escuchan en la plaza. «Abajo, el mariscal», sigue siendo lema de los jóvenes, en alusión al jefe de la Junta Militar actualmente en el poder. Hoy viernes se ha convocado una nueva protesta bautizada como «El Viernes de la Dignidad», para exigir la retirada inmediata del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que ayer confirmó que lo hará el próximo 30 de junio. Por el momento, en Egipto, sigue respirándose libertad.

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