Grecia evita la quiebra entre llamas y disturbios

Grecia es hoy el espejo en el que se mira toda Europa, pues es a la vez el paño de lágrimas de la crisis; la cabeza de turco sobre la cual se asienta la tranquilidad a corto plazo del núcleo duro de la Unión Europea, es decir, Alemania y Francia, que están ya inmersas en un proceso de refuerzo de sus respectivas economías en aras a blindarlas ante una eventual salida del euro por parte del país heleno. Eso que tan sólo unas semanas sonaba a blasfemia a oídos de Bruselas, ahora se empieza a vislumbrar como una posibilidad real, de hecho como una posibilidad probable, y quizá hasta factible para los intereses de la Unión, siempre y cuando se consiguiera evitar, o bien paliar de alguna manera, el tan temido efecto contagio que haría derrumbarse la divisa europea cual castillo de naipes.

Alemania ya no se fía de Grecia, y ahora exige supervisar de cerca la aplicación efectiva de unos ajustes tan severos que, más que solidaridad interregional entre países que forman parte de un mismo sistema económico, parece un cilicio que la troika maneja a su antojo para someter y condenar al país heleno a décadas de estrechez y decadencia absoluta. Pareciera más bien que les quisieran echar una mano al cuello en forma de 130.000 millones de euros que servirán para evitar la quiebra, pero que en realidad son una manzana envenenada que obligará al país a recortar un 20% de unos salarios ya seriamente mermados a causa de la crisis, en una sociedad en la que el paro crece como la espuma (casi el 20%), casi al mismo ritmo al que descienden las esperanzas de una gente que ya no atisba luz al final del túnel.

Nadie puede negar la importantísima parte de responsabilidad que Grecia ha tenido en todo esto al maquillar su economía y falsear el estado real de sus finanzas ante la Unión Europea. No se trata de excusar a nadie, pero no hace falta ser una lumbrera para darse cuenta de que pretender rescatar a un país a fuerza de asfixiar su economía hasta el punto de no dejarle levantar cabeza es exactamente lo mismo que poner tapones de corcho en un barco que hace aguas. Pan para hoy y hambre para mañana. Los griegos son plenamente conscientes de ello, y de ahí que en la tarde de ayer, mientras el parlamento griego aprobaba su enésimo harakiri, en Atenas las calles ardían, como metáfora anunciadora del futuro que le espera al país de no mediar un milagro.

Así, la capital helena se despertaba hoy entre disturbios, cenizas y esa horrible sensación de ser, para mal, el espejo en el que toda Europa se mira entre horrorizada y fascinada por la devastación que ocasionan sus acciones. Es lo que ocurre cuando ante la adversidad cada perro opta por lamerse su propio ciruelo y el ‘sálvese quien pueda’ en lugar de adoptar medidas consensuadas que permitan salir de la crisis desde el paradigma de la colectividad; de que en un barco que se hunde, de nada sirve deshacerse del ancla, por más que alivie cierto peso. Hoy, ante las cenizas de lo que pudo ser y no fue, los griegos se preguntan si de verdad les merece la pena convertirse en los parias de Europa a cambio de salvar el euro. Lo cierto es que cuando uno ve las imágenes de ayer le asaltan muchas dudas sobre si en realidad no habría sido mejor la quiebra.

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