Francia frena la ola populista pero, ¿qué debería hacer para neutralizarla? (II)

El holgado triunfo de Macron enfría las expectativas de los antisistema pero no exonera a los gobiernos de acometer ciertos cambios para devolver la confianza a la ciudadanía.

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No hubo espacio para las sorpresas. Emmanuel Macron pasó por encima de Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. El candidato independiente logra así un éxito inédito en la historia electoral gala, al convertirse en el primer presidente ajeno a las grandes familias políticas. Con todo, lo más llamativo de los comicios ha sido la constatación de que la amenaza populista, aunque fuerte, no está todavía en condiciones de asaltar el poder en un gran país europeo. Sin embargo, sería harto complaciente pensar que el fantasma ha pasado definitivamente de lado. Si Francia, y, por ende, toda Europa, quiere neutralizar los movimientos populistas, esta sería una posible hoja de ruta.

Relanzar la clase media

Sin lugar, a dudas, es la tarea más perentoria para cualquier gobierno occidental. Pese a que la pobreza sigue siendo un mal pendiente de erradicarse en los países desarrollados, la principal pérdida de poder adquisitivos se ha vivido en esa amplia franja intermedia que conforma la llamada clase media. Si esta se siente insegura, amenazada o directamente perjudicada, las opciones de que vote a la extrema derecha o a la extrema izquierda se multiplican. Un buen plan de choque debería incluir incentivos para estos numerosos colectivos y generar un clima de cierto optimismo respecto al futuro.

Claridad normativa y seguridad jurídica

En ocasiones, los gobiernos están tan convencidos de la importancia de aplicar la ley que no prestan atención a un aspecto tanto o más relevante como lo es su explicación. Los ciudadanos deben saber en todo momento cuáles son las consecuencias de tomar según qué decisiones para que no se vean sorprendidos por las repercusiones legales. Sí, nos referimos especialmente a episodios como las ‘cláusulas suelo’. Por supuesto, la seguridad jurídica no puede comprometerse en ningún caso, ya que desincentivaría el consumo y la inversión.

Acabar con la dualidad del mercado laboral

Se trata de una demanda que gana cada vez más partidarios entre los economistas de prestigio, como el Nobel Jean Tirole. Los mercados laborales de la mayoría de países occidentales ofrecen una alta protección a los trabajadores más asentados pero complican notablemente la entrada de nuevos profesionales. Esta dualidad puede derivar en la pérdida de productividad por parte de los empleados veteranos y en la dificultad de desarrollar un proyecto de vida para los que están fuera del círculo.

Esta dualidad puede derivar en la pérdida de productividad por parte de los empleados veteranos y en la dificultad de desarrollar un proyecto de vida para los que están fuera del círculo. En el segundo caso, se genera uno de los principales focos de indignación social del que se nutren los movimientos populistas. No en vano, una de las críticas que suele hacerse sobre todo desde la izquierda es que en Europa están aumentando los ‘trabajadores pobres’, en referencia a su escaso salario y su discontinuidad.

Combatir la corrupción

Si hay algo peor que exigir sacrificios a una población en tiempos de crisis, es dar la sensación de que los responsables públicos no solo no comparten este esfuerzo sino que se lucran de manera ilícita. La corrupción ha sido históricamente una de las principales fuentes de alimentación del populismo. Los gobernantes no pueden sobrevalorar el impacto en la opinión pública de un caso de corrupción, que rara vez suele aparecer de manera aislada. Sin ética, la erosión de cualquier sistema político es solo cuestión de tiempo.

Evitar la relajación presupuestaria

Al contrario de lo que podría pensarse, las alegrías presupuestarias se pagan muy caras en política. Aunque a corto plazo puede ser muy rentable en términos electorales, disparar el gasto público y desatender variables como la deuda o el déficit comprometen seriamente la estabilidad de un país. Ningún bienestar social será duradero mientras no sea sostenible, por lo que es preferible ir ampliando las coberturas públicas de manera prudente. No olvidemos que una de las principales promesas de ciertos movimientos antisistema es la de impagar la ‘deuda ilegítima’.

Ser transparentes y sinceros

Este último consejo estaría claramente relacionado con varios de los anteriores. Por un lado, la actuación de un gobierno debe estar auditada por las instituciones pertinentes, facilitando siempre la necesaria supervisión de cada línea de actuación. Por otro, ningún ejecutivo debería estar tentado de ocultar la realidad a sus ciudadanos. Es preferible apelar a la madurez de la población a tratar de engañarla sin más.

Foto: © ifeelstock

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