¿Aprobar o no aprobar?

El nivel educativo de un país depende tanto de los alumnos como de los profesores. Estos son responsables a su vez de formar nuevos docentes, por lo que deberían de tener la obligación de solo aprobar a aquellos alumnos que consigan alcanzar los objetivos fijados por sus propios medios

Los docentes se encuentran a menudo ante una complicada disyuntiva, la de aprobar o no aprobar a un tipo de alumno que, por su esfuerzo y dedicación, ha demostrado que tiene interés en los estudios, asiste a clase regularmente y es respetuoso con los docentes y con sus compañeros pero que por algún motivo no es capaz de aprobar los exámenes y su rendimiento académico es muy pobre.

¿Se puede aprobar a un alumno que ha suspendido los exámenes?

El dilema está en si es suficiente ser un buen alumno en cuanto a comportamiento para que se hagan merecedores del aprobado. Este problema se da sobre todo en el ámbito universitario, ya que hasta llegar a este nivel, en etapas anteriores de la formación reglada, es más común que algunos alumnos vayan pasando de curso bajo la premisa de “ya le suspenderá la vida”. Esto puede ser hasta cierto punto lícito en primaria o secundaria, cuando el perfil del alumno no está del todo definido y puede ser que con un poco de ayuda y confianza por parte de los profesores, el alumno con problemas pueda llegar a obtener buenos resultados (la acción contraria, suspender asignaturas y hacer repetir cursos puede incluso llegar a ser perjudicial a nivel personal para estos jóvenes).

Ahora bien, en la universidad hay un aspecto que no puede pasarnos desapercibido, sobre todo en las carreras de letras, pero también en las de ciencias. Nos referimos a que estos alumnos que tienen dificultades para aprobar los exámenes (al menos los de algunas asignaturas), si se les aprueba por “ser buenas personas” o, por qué no decirlo, “por pena”, acabarán obteniendo un título que les facultará para dar clases en colegios o en institutos. En consecuencia, se estaría dando la circunstancia de que profesores que realmente no han alcanzado el nivel mínimo exigible van a ocuparse de la formación de nuevos alumnos, que a su vez pueden llegar a ser también profesores.

Esta situación, que tiene la misma dinámica que el hecho de bajar el nivel de la clase cuando la mayoría de los alumnos suspende, es un círculo vicioso que tendría que cortarse por algún punto para no acabar con el nivel educativo por los suelos. No estamos hablando de ningún elitismo a nivel universitario, porque los casos de los que hablamos son muy puntuales, no son un gran porcentaje, pero sí hablamos de reconocer que si una persona no tiene la preparación o el nivel suficiente, la bondad de sus profesores no puede ser excusa para que apruebe. Poner remedio a esta situación desde el final es complicado, pero en las etapas anteriores a la universidad, los tutores y profesores que conocen al alumno deberían de poder orientarle en lo que se refiere a su futuro formativo, haciéndole ver las dificultades que se puede encontrar más adelante.

Foto| ccarlstead en Flickr

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